“¿Con la que está cayendo?”

Hace ya un tiempo la Comisión de Análisis 15M redactó estos dos textos sobre la lectura hegemónica que de la “crisis” se estaba realizando en determinados sectores a fin de despolitizar y dejar incuestionado el marco social y económico neoliberal dominante. Recuperamos ahora estas ideas a fin de que podamos seguir reflexionando sobre esta cuestión aún tan determinante.

¿Con la que está cayendo?

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Reflexión 1.

Es habitual leer y escuchar en conversaciones, medios de comunicación, tertulias formales e informales, la expresión “con la que está cayendo…”. Es importante enfatizar los puntos suspensivos: “la que está cayendo” sirve de alguna manera para cerrar o introducir críticamente reflexiones sobre determinados procesos sociales, culturales políticos y económicos que nos causan perplejidad, indignación, ira, etc.

Sin embargo, algo falla en la expresión: todas estamos de acuerdo en que algo está pasando, y en que ese algo no es natural, luego no es una manera de describir la lluvia. Lo que cae no siempre baja de las alturas, sino que se halla, en este caso, profundamente inserto en nuestra vida cotidiana. Cabría pensar, incluso, que no está cayendo nada: estamos cayendo las personas. Estamos cayendo como resultado de la fase avanzada de un proceso de contrarreforma capitalista en materia de derechos, por supuesto, y en materia de organización y gestión de las necesidades intersubjetivas (vivienda, empleo, educación, libertad para decidir sobre nuestros cuerpos y sanidad, entre otros muchos aspectos). Sin embargo, cuanto mayores son nuestras necesidades, y cuanto más intensos se vuelven los procesos de movilidad social hacia abajo, más enfatizamos la condición “natural” de la situación, como si estuviéramos en el mismo lugar que hace 18 meses, sólo que ahora las precipitaciones se han vuelto más intensas, o nuestros paraguas más permeables. Es importante reconocer, como tantas veces nos han recordado los movimientos feministas, en qué medida el lenguaje cotidiano es esencialmente político: “con la que está cayendo” indica, en ese sentido, una tensión. Nos sentimos sujetos pasivos de un proceso que sin embargo ponemos en movimiento con nuestras actitudes, nuestros afectos, nuestros tweets y nuestras conversaciones. Proyectamos una imagen estática de nosotras mismas: no caemos, sino que nos cae algo encima. Queremos hacer algo, pero nuestra propia manera de expresarnos nos señala la impertinencia de la acción: no se puede luchar contra el cielo. Un buen ejemplo de esto son las circulares sindicales en aquellos lugares de trabajo donde siguen teniendo, en fin, a la capacidad de emitirlas: insisten una y otra vez en la triste letanía de recordarnos que ahora, más que nunca, tenemos que seguir haciendo… lo mismo que nos ha llevado a esta situación: adaptarnos. Antes nos adaptábamos al ciclo alcista del capital y negociábamos mejores convenios. Ningún problema: un buen convenio colectivo no acaba con el capitalismo, pero es intrínsecamente deseable. Ahora nos adaptamos al ciclo bajo, bajo para nosotras, obviamente, y protestamos ante la cantidad de cosas que “nos están pasando”, y lo hacemos frente a la Consejería de Educación, o de Sanidad, de nuestros respectivos gobiernos autonómicos. No sabemos por qué nos pasan, y decimos: “quieren acabar con todo”. Pero las personas menos movilizadas no saben cuán extenso es todo, ni quiénes exactamente quieren acabar con ello. Siguen sin identificar “la que está cayendo” con.. el capitalismo avanzado.

Lo que queremos sugerir es lo siguiente: la expresión “con la que está cayendo” sugiere al menos dos problemas que consideramos relevantes. El primer problema es que expresiones como “con la que está cayendo” son solidarias con otros artefactos de comunicación de gobiernos y medios regresivos, por ejemplo, “sólo hay una salida” (¿y, mira por dónde, es la vuestra?), “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades” (¿puede un derecho estar por encima de las posibilidades de alguien?) o “un Estado, al igual que una familia, no puede gastar más de lo que ingresa” (¿y qué tendrá que ver la gestión de una familia, de la enfermedad y de la necesidad, del cuerpo y de los afectos, de la educación extracurricular, del sentimiento de identidad y pertenencia, de la vida cotidiana en el sentido más profundo, con la construcción y mantenimiento de un aparato como el estatal, cuyas funciones, necesidades de financiación y objetivos, incluso si consideramos deseable la intervención estatal en algunos aspectos de la vida, se definen por no ser las de la sociedad civil?) En todos estos casos se produce una indeseable naturalización de la crisis y de los procesos culturales, sociales y económicos característicos del capitalismo avanzado. La crisis no está cayendo, y sus consecuencias sobre nosotras, que son inseparables de ella, tampoco. Forman parte de un proceso mucho más amplio de resignificación y contrarreforma de las instituciones de la sociedad civil y del Estado, el cual es solamente una fase o aspecto concreto de un proceso todavía mayor de transformación de la subjetividad, al servicio de fuerzas concretas y según criterios de rentabilidad económica, y de la experiencia cotidiana (desde lo más evidente, la traducción de la libertad en libertad para ubicarse flexiblemente en contextos económicos cambiantes, hasta lo más intradérmico, la igualdad entre sujetos expresivos, traducida al presunto igual y libre acceso a las redes sociales, de tal manera que, como decía hace no mucho tiempo el sin par Salvador Sostres, “la democracia no consiste en manifestarse”, o en desafiar el orden cuando éste se ha vuelto insoportable, sino en “poder escribir en nuestros blogs y en nuestras cuentas de Facebook”: libertad inocua, por tanto, libertad e igualdad meramente expresivas, nunca vinculantes).

En segundo lugar, la proliferación de metáforas naturales como “con la que está cayendo” señala algo que nos preocupa: la fascistización de la vida cotidiana, en el sentido de la producción de subjetividad políticamente estática. Cada vez que se produce un nuevo recorte decimos: “con la que está cayendo, no parece que tanta gente se movilice”. Esta aparente calma de la sociedad civil, más allá de los grupos, todavía minoritarios, que trabajamos activamente contra el sistema económico dominante y sus consecuencias (desahucios, micro-machismos, pobreza relativa, abandono escolar, etcétera), parte del principio de que el paisaje capitalista, al igual que la lluvia de recortes que cae sobre él, es inmutable. Las reacciones ante las consecuencias privadas de la crisis, tales como el desempleo, no se viven políticamente porque la metáfora del paisaje sugiere ella misma la imposibilidad de lo político, y fomenta reacciones autoinculpatorias: “algo habré hecho mal”, “pues va a ser cierto que he vivido por encima de mis posibilidades”, “no salgo a la calle o recurro a los servicios sociales, aunque lo necesite o sea políticamente justo, porque no es propio de mí”, etc. La fascistización de la vida cotidiana consiste en gestionar regresivamente las necesidades, en el nivel más íntimo, en autoinculparse, en omitir los motivos económicos profundos y en personalizar los procesos que conducen a la pobreza o al desahucio, a la desigualdad o a la pérdida de libertad. Consiste en ver como inmutable algo que sin duda es un proceso ello mismo o resultado de procesos inteligibles. Las cosas han llegado a ser como son, y por eso mismo podrían ser de otra manera, no al revés… cómo han llegado a caer sobre nosotras, habrá que capear el temporal, permanecer fuertes en el mismo lugar, como si, por sí misma, con paciencia, la situación pudiera encaminarse hacia el cielo sin nubes del crecimiento.

Estos procesos de naturalización, vengan de las derechas o de las izquierdas, ampliamente entendidas, coinciden además con otro aspecto preocupante: la intensificación de micro-violencias, muy particularmente de micro-machismos. Según avanza la contrarreforma, surgen nuevos miedos, se reabren heridas nunca cerradas y se intensifican las consecuencias no deseadas de procesos de socialización profundamente injustos en materia de igualdad material entre las personas. Esto afecta particularmente a las mujeres. Hace muy poco tiempo hemos asisitido a un debate sobre la “seriedad” de que una milicia de clowns acompañara al cortejo del 23O. Si una lee los comentarios del foro, podrá comprobar cómo proliferan las expresiones sexistas, el lenguaje asimétrico, la identificación entre política “de verdad” y cierta hombría clásica, “potente”, del viejo heroísmo de izquierda: “Nos están machacando, lo que querría el enemigo es poder machacarnos en PAZ y payasadas como esta solo sirven para darle al enemigo lo que quiere: un movimiento ridículo, absurdo, impotente, que en lugar de hacer aflorar sentimientos de rebeldía en el pueblo lo que hace es que la gente normal nos desprecie por gilipollas. Con razón. Iros a tomar por culo”. La metáfora natural también alcanza cotas asombrosas, por ejemplo, en este comentario: “deberían llamarse ‘Ejército Down de liberación’, anda que… lo que nos faltaba”. Independientemente de que unas estén a favor y otras en contra de los clowns, poco importa, lo interesante es cómo de la furia ante la situación emergen actitudes y lenguajes poco o nada igualitarios. Siempre hemos defendido que la libertad y la igualdad se construyen, no se “consiguen” o se “recolectan”. Se construyen produciéndolas desde el nivel más elemental de la vida cotidiana, desde la horizontalidad asamblearia y no asamblearia, y se llevan hasta donde sea necesario, hasta el Congreso, o hasta el final del pozo financiero, hasta hacerlas visibles como alternativa a la economía capitalista de los afectos y a las autoimágenes individuales o colectivas que el capitalismo produce, con o sin esta crisis, de manera sistemática. Quien quiera hablar de la que está cayendo, que lo haga, algunas consideramos que se trata de que, cuando vuelva a caer, ya no estemos esperando el impacto, sino en movimiento: libres e iguales, bajo el techo que nos hayamos dado a nosotras mismas.

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 Reflexión 2.

Con la que está cayendo” es una expresión metafórica estructural que como tal carece de significado en sí misma pero nos permite comprender otras experiencias en unos términos que altera. El problema reside en que como metáfora ya cristalizada, punto de vinculación tópico, genera una forma fosilizada de la lengua y estructura, en una medida inusual, nuestras acciones y pensamientos. A pesar de ese efecto necrótico, es una figura viva que genera un aparentemente inocuo isomorfismo entre dos áreas de experiencia, en realidad profundamente distantes y de ahí el alcance ideológico que logra. Y ello s un  punto a favor de los efectos degenerantes de la lengua tal y como pueden percibirse en los microfascismos. En efecto conecta un área que podríamos denominar “de lo natural y ajeno a nuestros esfuerzos y comprensión” como es la climatología, con otra que es el espacio interactivo de las relaciones sociales, políticas y económicas. De este modo, y como bien indica Eduardo, se traspasan las características de un mundo a otro, se naturaliza un efecto catastrófico que se percibe entonces como un riesgo asumible (nada se puede hacer contra la climatología) y además externo, ajeno (al igual que en la expresión “como quien oye llover”) provocando una inevitale pasividad y un cierto efecto de calma comprensiva ante lo inexorable. Citando de nuevo a Eduardo, las cosas llegan a ser como son y, por seguir con las metáforas, “no hay vuelta de hoja”; el paisaje que deja la contraofensiva en la lucha de clases se produce, al igual que las riadas, ante una asunción del infortunio y de la predestinación que incluso insinúa cierta culpabilización. Una culpabilidad sostenida además por otras metonimias igualmente interesadas: la composición económica de las “familias” (al parecer, la única forma de vida real y que como tal se asume) y el “Estado” se mide de forma idéntica, lo cual obliga a asumir las consecuencias semejantes por culpa de unos tiempos de excesos. Así, las contradicciones estructurales (desempleo, corrupción, financiarización inestable, injusticia sistémica) se asumen como contradicciones personales (incapacidad, desinformación, inflexibilidad). El sujeto autónomo que predica con tal frase tiende a asemejarse, quizá inconscientemente, al verdadero trasunto del sueño antropológico liberal, en deudor y congruente con la afirmación de la fuerza inexorable del destino: todo está escrito y previsto en este tiempo congelado y no transformable de la hegemonía del capital, tan sólo resta atender a nuestra trayectoria voluntariosa, senda que no obstante estará siempre afincada en la tiranía del Ello. De esta manera, una frase como la susodicha crea una realidad social, pues también se hacen cosas con palabras, y se convierte en cierto modo en guía de una acción presente y futura que acabará ajustándose a la metáfora que dicta. Ello a su vez reforzará la capacidad del tropo de hacer coherente la experiencia, de modo que llegue a convertirse en una profecía autocumplida. Apuntan también sus efectos hacia una sutil concepción de la predestinación que vendría a reforzar la pasividad de la sumisión voluntaria ante la voluntad externa, aquella que dirige lo inefable de los acontecimientos, y todo ello viene avalado por una caracterización teocrática de la política “elevada” y que considera al Estado, o sus agentes sociales directos como referente y al lenguaje jurídico como su verdad. En el desorden “de lo que cae” y en el caos que genera, tan sólo queda concebir el ejercicio político, esto es lo que nos interpele a interaccionar con los otros en una esfera no privada, con absoluta falta de sincronía respecto a los ritmos del mundo, a la mutación de las cosas, de la información y de los deseos. Guarecernos en lo estático de una metáfora supone, en última instancia, un ejercicio político establecido por entero en un presente continuo tal y como viene expresado por la frase “está cayendo”, en el cual el futuro no sería más que una expansión de un presente despolitizado y vacío, naturalizado en su formulación obstruida y caracterizado por la ausencia de intervalo visible, de borde divisor, de precipicio.

 

 

 

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2 respuestas a “¿Con la que está cayendo?”

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