A propósito del artículo de C. Molinas en El País (“Una teoría de la clase política española”)

Este texto es un comentario crítico del artículo de César Molinas (“Una teoría de la clase política española“) publicado en El País el pasado 10 de septiembre de 2012, que ha venido generando cierto revuelo y atención. Ha sido escrito a título individual por un miembro de la Comisión de Análisis, por lo que no refleja necesariamente ningún consenso de la misma. Siguiendo nuestra política habitual, lo publicamos como texto anónimo y copyleft.

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Estoy de acuerdo con muchas cosas, desde las élites extractivas hasta la relación incestuosa entre las empresas alumbradas por el sistema autonómico y los gobiernos regionales y municipales, pasando por la predicción de que el interés particular de estas élites prevalecerá sobre el interés general, sea cual sea este interés, el cual, sinceramente, no sólo ignoro, sino que no daría por supuesto. Parece que el texto está generando debates por doquier. Bienvenidos sean.

Sin embargo, le veo muchos defectos graves, partiendo de la base de que se trata del resumen de un texto más amplio que habría que estudiar mucho mejor: primero, más que una teoría es una interpretación histórico-política de un conjunto de sucesos más o menos consumados, y como tal, pese a que promete mucho más, no sale del muy estrecho marco que delimitan el propio sistema político, europeo y financiero que se trataba de estudiar críticamente.

Segundo: “¿qué hacer?” es una pregunta muy difícil, y pienso que no tiene por qué ser respondida sólo desde las mismas categorías que uno acaba de criticar. Una buena teoría “permite conectar sucesos aparentemente inconexos y explicar sucesos aparentemente inexplicables”. De acuerdo. Podría también “dar sentido a cosas que antes no lo tenían”. Sí, pero entonces no es una teoría, es una justificación teórica o una interpretación, de nuevo, de hechos consumados que a priori no tienen por qué tener sentido fuera del sistema de categorías que maneja el teórico. Tercero “de una buena teoría pueden extraerse predicciones útiles sobre lo que ocurrirá en el futuro”. Realmente, en política esto no es así, ni debería serlo. La teoría no es un agente de cambio social ni un oráculo, y en el ánimo del autor está precisamente hacer algo que la buena teoría no puede permitirse, predecir cursos de acción individuales o colectivas, por mucho que uno los adorne con el uso sistemático de la forma “podría”. En esa visión de la teoría sólo caben las cosas que, de una manera u otra, son coherentes históricamente con lo que se acaba de narrar, construir o teorizar. Restringe la acción antes de que se produzca. Establece de antemano qué es posible y qué no. Eso se llama, “de toda la vida” de Occidente, mala teoría.

La consecuencia no deseada del enfoque de Molinas es que condena toda proyección de futuro que no consista en el eterno retorno de lo mismo, bajo diferentes disfraces. La historia económica de Europa, y sobre todo, su historia política reciente, desmiente esto de principio a fin. Lo nuevo es posible, el cambio de marco es posible, muchas veces para mal, quizás para bien, quién sabe, y la teoría, por definición, siempre llega cuando las cosas ya han sucedido. Al querer deducir las opciones de futuro del mismo marco que acaba de relatar, se condena a no ser un buen teórico sino un buen pragmático. 

Tercero: dadas las circunstancias actuales, no puede haber nada que rascar si no somos capaces de pensar más allá de lo meramente existente, que es, dicho sea de paso, una catástrofe mucho mayor de lo que el artículo sugiere. Las alternativas políticas no consisten en cambios legales inminentes, ni en modelos cerrados fijados de antemano. El cambio político no se vota. Se construye muy poco a poco. Las alternativas se desean o no se desean. Se construyen con mucho esfuerzo y mucho tiempo, un millón de pequeñas derrotas mediante, o no se construyen. Si no somos capaces, y creo que lo somos, de trabajar sobre nosotros mismos y sobre aquellos con quienes tenemos contacto directo, para ir pensando y actuando en un marco político y con un sistema de categorías diferente, seguiremos condenados a vivir en el actual, a convertirnos en los más refinados críticos de algo que, al tiempo que es criticado con fuerza, seguimos considerando inmutable, eterno y omnipotente. Y nada hay en la historia del mundo que demuestre con más claridad que esto no es cierto… que la política. Que necesitemos veinte años para poder pensar, criticar, construir y vivir de otra manera no dice nada malo de nosotros. Lo dice, si acaso, del estado de cosas presente, que, pese a su declive, se resiste a caer. La historia de siempre… lo viejo no termina de irse y lo nuevo no termina de llegar. Obviamente. Estas cosas llevan generaciones, no meses o años. Nadie creyó, ni el más lunático, que se fuera a conseguir nunca el sufragio universal, ni siquiera la víspera de su sanción en Europa, allá por 1925. De la teoría de la clase política de los años veinte, desde luego, era imposible deducirlo.

Molinas es perfectamente solidario con lo que crítica porque, en el fondo, en su teoría sólo cabe la reproducción mejorada de lo que hay. Y lo malo mejorado no es despreciable, pero tampoco bueno. Es tal la dependencia del marco actual que le pasa como a la gente de a pie, como nosotros: nos resulta más sencillo imaginarnos el fin del mundo que concebir un mundo no capitalista, un mundo sin euro o un mundo sin SICAV’s. Esto dice mucho y bueno del sistema en que vivimos. La producción de objetividad es de tal calibre que puede permitirse ser criticado abiertamente sin perder un ápice de eficacia social. Puede presentarse como el peor de los mundos posibles y al mismo tiempo como el único posible. Obviamente, por definición, salvo que de repente seamos deterministas teológicos, no lo es.

Estoy a favor de generar debates, y este texto los está generando, pero tiene un aire conservador, una cierta arrogancia de intelectual presuntamente realista, que no me gusta. No porque me gusten las utopías. De hecho las detesto. Más bien porque creo en la buena teoría, y la buena teoría, si de algo es capaz, es de pensar lo que podría ser de otra manera, de ver las cosas desde el punto de vista de su transformación, todo ello sin necesidad de proyectar mundos futuros. Eso no le compete. 

Cuarto: cambiar el sistema electoral estaría muy bien, con todas las reservas que él mismo plantea, pero que Molinas quiera hacernos creer que eso podría solucionar algo como la actual crisis del parlamentarismo -insisto, del parlamentarismo y de la democracia, ¡no de la clase política a secas!- me parece un desatino, francamente. El cáncer no se cura con pomada, aunque al principio suponga un alivio. Hay algo de mitológico en esta teoría de la clase política que no me gusta. Podría llamarse perfectamente “Una teoría de la permanencia de la clase política”. Tiene demasiada dependencia, insisto, de lo que se persigue criticar. Hay que ser realista, desde luego, pero lo de Molinas no es realismo, es sencillamente conformismo crítico. Y de eso, me temo, no se puede rascar nada, ni ahora, ni nunca.

La referencia final a Monti es tétrica, si no patética. Es la claudicación de la teoría y de la práctica políticas, cuando no de la democracia que se pretende defender.

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