Entre la acción y la no-acción. ¿Nuevos repertorios de movilización a partir del 15M?

Desde la Comisión de Análisis invitamos a cualquier persona que esté interesada en participar en el taller que hemos titulado:

Entre la acción y la no-acción. ¿Nuevos repertorios de movilización a partir del 15M?

El taller tendrá lugar el día 15 de junio viernes en la plaza Pontejos, a las 19:30.

La cuestión surgió ante la duda de una compañera griega sobre la eficacia de las acciones del movimiento y la necesidad de buscar prácticas alternativas más efectivas o en su caso, la no-acción como alternativa.

Se trata de una reflexión en la línea de lo que se está planteando estos días por distintos grupos de trabajo del 15M, como por ejemplo el Grupo Transversal de Huelgas de Sistema, donde se invita a reflexionar sobre disitntas formas de afrontar la desobediencia civil.

El formato del taller será el de una asamblea en el que se intenta que cada uno de los presentes realice al menos una contribución tan extensa como desee, tanto reflexiones preparadas como intervenciones espontáneas al hilo dle resto de intervenciones. Nuestro propósito es emitir un documento con esas contribuciones.Contamos con vosotras

Abrazos afectuosos

Materiales sugeridos para discutir en el taller

 Pregunta 1. Teoría y práctica. ¿Hasta qué punto la acción que se subleva es inexplicable o debe apoyarse en un programa teórico?


Texto a).

“Las sublevaciones pertenecen a la historia. Pero, en cierto modo, se le escapan. El
movimiento mediante el cual un solo hombre, un grupo, una minoría o un pueblo entero dice: «no obedezco más», y arroja a la cara de un poder que estima injusto el riesgo de su vida —tal movimiento me parece irreductible —. Y ello porque ningún poder es capaz de tornarlo absolutamente imposible: Varsovia siempre tendrá su gueto sublevado y sus cloacas pobladas de insurgentes. Y también porque el hombre que se alza carece finalmente de explicación; hace falta un desgarramiento que interrumpa el hilo de la historia, y sus largas cadenas de razones, para que un hombre pueda «realmente» preferir el riesgo de la muerte a la certeza de tener que obedecer. Todas las formas de libertad adquiridas o reclamadas, todos los derechos que se hacen valer, incluso los relativos a cosas aparentemente menos importantes tienen, sin embargo, ahí un último punto de anclaje, más sólido y más próximo que los «derechos naturales».
Si las sociedades se mantienen y viven, es decir, si los poderes no son en ellas «absolutamente absolutos», es porque, tras todas las aceptaciones y las coerciones, más allá de las amenazas, de las violencias y de las persuasiones, cabe la posibilidad de ese movimiento en el que la vida ya no se canjea, en el que los poderes no pueden ya nada y en el que, ante las horcas y las ametralladoras, los hombres se sublevan. […]

Los intelectuales, en estos tiempos, no tienen buena «prensa»; creo poder emplear esta palabra en un sentido bien preciso. No es pues el momento de decir que no se es intelectual. Si se me pregunta cómo concibo lo que hago, respondería: si el estratega es el hombre que dice: ‘qué importa tal muerte, tal grito, tal sublevación con relación a la gran necesidad de conjunto y qué me importa además tal principio general en la situación particular en la que estamos», pues, entonces, me es indiferente que el estratega sea un político, un historiador, un revolucionario, un partidario del sha, del ayatolá; mi moral teórica es inversa. Es ‘antiestratégica’: ser respetuoso cuando una singularidad se subleva, intransigente desde que el poder transgrede lo universal. Elección sencilla y dificultosa labor, puesto que es preciso a la vez acechar, un poco por debajo de la historia, lo que la rompe y la agita, y vigilar, un poco por detrás de la política, sobre lo que debe limitarla incondicionalmente” (Foucault, “¿Es inútil sublevarse?”).

Texto b).

“La crítica foucaultiana tuvo, es verdad, el mérito de contribuir a liberar “la acción política de toda paranoia unitaria y totalizante”. Contribuyó igualmente a disolver al gran sujeto proletario en tanto actor heroico de la gran epopeya moderna. Esta deconstrucción de las clases en tanto objeto sociológico permitió a Foucault examinar su estatuto estratégico: ‘Los sociólogos reaniman el inacabable debate sobre lo que es una clase, y quienes pertenecen a ella. Pero hasta aquí nadie ha examinado ni profundizado la cuestión de saber lo que es la lucha. ¿Qué es la lucha, cuando se dice lucha de clases? De lo que me gustaría discutir a partir de Marx, no es sobre el problema de la sociología de las clases, sino sobre el método estratégico concerniente a la lucha”. Pero pensar estratégicamente, y no sociológicamente, la lucha de clases ponía a Foucault más cerca de Marx de lo que parecía imaginar. […] [Ahora bien] Lo que él [Foucault] rechazaba […] no era más que la palabra performativa (¡estratégica!) de Marx, su sentido no adivinatorio, sino programático. [Pero], ¿qué quedaría en efecto de una política sin programa, de un movimiento sin objetivo, de un arco en tensión y una flecha que apuntan a ningún blanco?” (Bensaid, D., “(Im)políticas de Foucault”).

Texto c).

“A quien no ha dispuesto su vida hacia un determinado fin le es imposible disponer de sus acciones particulares. El arquero debe saber primero dónde apunta, y después acomodar la mano, el arco, la cuerda […] Ningún viento sirve para aquel que no tiene punto de destino” (Montaigne, “Ensayos”)

Texto d).

“Los individuos se transforman mediante la práctica de la autonomía y la participación en el gobierno. Desde este punto de vista, no tiene sentido que la transición sea dominada por una figura hegemónica […] Una transición dirigida por una figura hegemónica no enseña al pueblo nada sobre el autogobierno; solamente refuerza sus hábitos de servilismo y pasividad. Las personas solo pueden aprender democracia practicándola. La necesaria transformación –aprender a gobernarse a sí mismos sin un señor- solo puede tener lugar mediante la práctica, la acción”. (M. Hardt, “Introducción” a Jefferson, “Declaración de la independencia”

Texto e).

“Hoy se abusa otra vez de la antítesis entre teoría y praxis para acusar a la teoría. Cierto estudiante fue atacado por preferir el trabajo al activismo; luego de destrozarle la habitación, sus agresores escribieron esta leyenda en la pared: ‘El que se ocupa de la teoría sin pasar a la acción práctica es un traidor al socialismo’. Y no solo con respecto a él se transformó la praxis en pretexto ideológico de la coacción moral. Es evidente que el pensamiento, al que difaman, fatiga indebidamente a los prácticos: él ocasiona mucho trabajo, es demasiado práctico. El que piensa opone resistencia; más cómodo es seguir la corriente, por mucho que quien lo hace se declare contra la corriente. Entregándose a una forma regresiva y deformada del principio del placer, todo resulta más fácil, todo marcha sin esfuerzo, y se tiene por añadidura el derecho de esperar una recompensa moral de los correligionarios” […]

La pseudoactividad, la praxis que se tiene por tanto más importante y que se impermeabiliza contra la teoría y el conocimiento tanto más diligentemente cuanto más pierde el contacto con el objeto y el sentido de las proporciones, es producto de las condiciones sociales objetivas. El gesto pseudorevolucionario es complementario de aquella imposibilidad debida a la técnica militar, de que estalle una revolución espontánea, imposibilidad a la que se refirió hace años ya ]ürgen van Kempski. Contra quienes manejan bombas son ridículas las barricadas; de ahí que se juegue a las barricadas, y que los amos toleren temporalmente a quienes se entregan a ello” (Th. W. Adorno, “Notas marginales sobre teoría y praxis”)

Pregunta 2. ¿Huelga de identidades o nuevas subjetivaciones?

Texto a)

“Tampoco estamos exactamente ante ‘nuevos o novísimos movimientos sociales’. Pensarlos como tales supondría echar en falta la estructura organizativa, la identidad del nosotros, la ideología o el programa, la alternativa de sociedad, la relación de fuerzas, etc. Es decir, juzgarlos por lo que no son y perder de vista lo que sí saben hacer: ocupar de otra forma el espacio público, inventar nuevos vínculos entre el yo y el nosotros, hacer un uso afirmativo (y no padecido) de las tecnologías, elaborar colectivamente lo afectivo, abrir espacios de cualquiera más allá de las divisiones ideológicas-sociológicas-geográficas, producir enunciados que interrumpen el sentido común dominante (verdades no ideológicas que mezclan realismo y desafío, como el “no nos representan” del movimiento contra la guerra de Irak, el “mañana votamos, mañana os echamos” del 13-M, el “no tendrás casa en la puta vida” de la V de Vivienda). Son resistencias más opacas, más ambiguas, más vacilantes, más intermitentes, más balbuceantes, más difíciles de reconocer como “luchas” o “victorias” que los movimientos sociales, pero no por ello menos interesantes, ni menos potentes. […]

Se sabe que Leonardo consiguió la enigmática expresión de la Gioconda mediante la técnica del esfumado, que consistía en difuminar los contornos de las figuras para lograr una especie de neblina sobre la obra. De ese modo, Leonardo no sólo se rebelaba con esas pinceladas borrosas contra la nitidez y las líneas precisas que imperaban en la pintura académica de su época, sino que planteaba una profunda propuesta creativa: la aceptación de la incertidumbre y lo ambiguo como estrategia para mantener la mente flexible y abierta ante los cambios y lo inesperado.

En el caso de los espacios de anonimato no hay creador. Son prácticas sin autor que se dibujan a sí mismas. Pero también son enigmas que nos interpelan: ¿cuándo aparecen, quién se junta, para qué? Se esfuman, pero esfumarse como hemos visto no significa desaparecer, sino aparecer borroso: camuflarse en las reglas del juego para romperlas desde dentro, como cuando el movimiento V de Vivienda reivindicaba el artículo 47 de la Constitución española (de imposible cumplimiento en las condiciones actuales); difuminar los contornos identitarios para saltar las fronteras sociológicas e ideológicas que nos dividen cotidianamente, facilitando así que cualquiera pueda implicarse en primera persona; provocar una neblina protectora contra las etiquetas que estigmatizan o criminalizan (“anti-sistema”, etc.), que nos vuelven gobernables y previsibles. En definitiva, convocan una huelga de identidades donde podemos ensanchar juntos lo posible. Aprender a escucharlos e impregnarnos de su fuerza de transformación nos exige rebelarnos contra las exigencias de nitidez y líneas precisas (izquierda/derecha, etc.) que imperan en las miradas dominantes sobre lo político y aceptar el desafío de mezclarnos con lo imprevisible y ambivalente hasta el punto incluso de llegar a preguntarnos si seguimos siendo de los nuestros”. (Amador Fernández-Savater, “El arte de esfumarse; crisis e implosión de la cultura consensual en España”).


Pregunta 3: ¿Qué sentido y límites tiene la acción del “como si”?

Texto a)

“Algo muy profundo se ha roto. Hacemos como si nada, pero lo sabemos. La sensación generalizada es: “todo se ha vuelto posible”. Que la UE saque a España del euro, un corralito o una insurrección. Cualquier cosa. Pero nos aferramos a la posibilidad más remota: que las cosas sigan igual, que volvamos a la “normalidad”. El capitalismo improvisa, pero también los movimientos que se le oponen. No hay brújula que valga, los mapas que tenemos se nos caen de las manos, no sabemos dónde vamos. Parece como si sólo nos quedara ir siguiendo los acontecimientos del día: ayer lo del Rey, hoy lo de Repsol, mañana ya veremos. The time is out of joint.

Protestar parece inútil. Los griegos han hecho ya más de diez huelgas generales sin lograr aminorar ni un ápice la velocidad absurda de la locomotora, ni disminuir su terrible poder de devastación. Es como si los poderes hubieran desconectado de la sociedad y no hubiese modo de afectarlos. Da miedo. El tiempo de destrucción del capitalismo se ha acelerado por mil desde 2008. Se come en segundos logros que exigieron décadas de trabajo y luchas. Y no sabemos cómo se para. Si todo se hunde, participemos al menos en el hundimiento. Un amigo de Barcelona me comenta que la tolerancia hacia la violencia callejera durante la última huelga general fue masiva: “tu recortas, yo quemo”. Una respuesta legítima. ¿Qué es quemar un contenedor en comparación con millones de vidas quemadas? Más madera, es la guerra: recortes, represión, mentiras. Lo normal, lo obvio es la rabia, el odio, la violencia. Legítima pero inútil. Cabezazos contra la pared, cada vez más furiosos, ciegos y desesperados. […]

¿Alguien por ahí ha visto Michael Collins? La película, sobre la vida del líder revolucionario irlandés, arranca en el Levantamiento de Pascua de 1916. El IRA toma un edificio administrativo, pero los ingleses les barren. No es la primera vez: según las reglas de la guerra convencional, el IRA lleva siempre las de perder. Dentro de la organización hay quien piensa que el continuo “sacrificio de sangre” ayuda al nacimiento de la nación irlandesa: la represión provocará adhesiones a la causa y nuevos levantamientos. Cuanto peor mejor. Michael Collins no piensa ni desea nada de esto. En la cárcel, reflexiona y propone un giro estratégico radical: “desde ahora actuaremos como si la República Irlandesa fuese una realidad. Combatiremos al Imperio Británico ignorándolo. No seguiremos sus reglas, inventaremos las nuestras”. Así dio comienzo una guerra de guerrillas histórica que volvió locos durante años a los ingleses y les obligó finalmente a negociar el primer tratado de paz e independencia con los irlandeses.

Lo que Collins decide es dejar de dar cabezazos contra la pared. No quiere simplemente tener razón, ni sacrificar a nadie en nombre de un futuro mejor. Quiere vivir y ganar. Y eso significa: crear realidad. El verdadero contraataque es crear nueva realidad. Para ello propone paradójicamente una ficción: hagamos “como si” la República Irlandesa fuese un hecho.

Las ficciones son cosas serias. Los revolucionarios franceses del siglo XVIII decidieron “hacer como si” ya no fuesen más súbditos del Antiguo Régimen, sino ciudadanos capaces de pensar y redactar una Constitución. Los proletarios del siglo XIX decidieron “hacer como si” no fuesen las mulas de carga que la realidad les obligaba a ser, sino personas iguales a las demás, capaces de leer, escribir, hablar y autoorganizarse. Y cambiaron el mundo. La ficción es una fuerza material desde el momento en que creemos en ella y nos organizamos en consecuencia.

Ya no indignarse, reaccionar o demandar, sino actuar como si la República del 99% fuese una realidad, combatir al poder ignorándolo, no seguir sus reglas, sino inventar las nuestras. ¿Qué podría significar esto?

Imagino primero en todas las plazas una declaración masiva de ruptura con la realidad podrida de la monarquía, la economía y la política. Un gesto sereno, tranquilo: “estáis despedidos, nos despedimos”. Nuestro Juramento del Juego de Pelota. Luego tendríamos que sacar todas las consecuencias prácticas posibles de un imposible: la República del 99% es una realidad, ¿qué resulta de ello? Poner nosotros los tiempos, los temas y los escenarios. Hacerlos existir y respetar y durar y crecer. Habitar ya otro país: real y ficticio, visible e invisible, intermitente y continuo.

La mejor manera de defender algo es reinventarlo todo.
No para ti y los tuyos, sino para el 99% (seguimos todos en el mismo tren).
Nuestra venganza es ser
felices”. (A. F. Savater, “La república del 99%”, 8 de mayo de 2012):

 Pregunta 4. ¿Es preciso tener la fuerza de estar a la altura de nuestras debilidades en vez de seguir apegado a la debilidad de cultivar la fuerza?

 Texto a)

             “Véase el tema del agotamiento, para quedarnos en un único ejemplo. Deleuze dice en un pequeño texto sobre Beckett que el agotado es distinto al cansado –el cansado descansa para recuperar sus fuerzas y volver a trabajar, según una dialéctica interna al trabajo y a su lógica. El agotado, en cambio, es aquel que agotó los posibles, que agotó el mundo y se agotó a sí mismo. El agotado es aquel que está instalado en la imposibilidad. Insomne, sentado, en la oscuridad, como en Beckett, en vigilia, en ocasiones le vienen imágenes fugitivas, efímeras, que se consumen y desaparecen… Son fenómenos de videncia, son vislumbres, son flashes de intensidad. Es un texto enigmático, muy bello. ¿Qué es el agotamiento, qué es esa combustión de intensidades, qué es esa parálisis?

La mejor lectura está en François Zourabichvili, que explica que ese texto fue escrito por Deleuze poco después del derrumbe del muro de Berlín. Era un momento en que se tenía la impresión de que todos los posibles se habían intentado, se habían agotado y se estaba en una imposibilidad. El agotamiento significa que el repertorio de los posibles que teníamos almacenado se vacía, que abandonamos, lo desertamos. Significa también que todos los clichés sobre qué es lo que debemos sentir, pensar, hacer, cómo debemos amar, indignarnos, hacer la revolución, evocar el pueblo, también se han evaporado, dejándonos vacíos frente al mundo, sin mediaciones ni filtros. Es un encuentro con lo real, a partir de un vaciamiento, de una imposibilidad. Pero nada de eso lleva al llanto ni a la lamentación, mucho menos a la nostalgia, sino que nos fuerza, ya no a elegir entre los posibles existentes que se han agotado, sino a inventar un posible, a volvernos “videntes”, es decir, a vislumbrar potencias justamente a partir de la impotencia. Es un extraña manera de describir una época, pensarla desde el fondo del agotamiento, apoyarse en la impotencia para recusar la melancolía, la esperanza, la angustia o el voluntarismo” (Peter Pal, “Una crisis de sentido es la condición necesaria para que algo nuevo aparezca”).

 Texto b)

“Mientras que el sistema proteccionista pone en manos del capital de un país las armas necesarias para luchar contra los países extranjeros, mientras fortalece al capital frente a los de afuera, cree que este capital así armado y robustecido se tornará débil y transigente frente a la propia clase obrera. Esto valdría tanto como apelar a la caridad del capital, como si el capital en cuanto tal pudiera ser caritativo. Pero las reformas sociales no se logran nunca por la debilidad de los fuertes, sino que son siempre el fruto de la fuerza de los débiles”. (Marx, Karl. “Discurso sobre los aranceles protectores, el libre cambio y la clase obrera”).

 La acción en las sociedades de control

 I. G. Deleuze, “Post-scriptum a la sociedades de control” (1990)

“También Paul Virilio ha analizado continuamente las formas ultra-rápidas que adopta el control “al aire libre” y que reemplazan a las antiguas disciplinas que actuaban en el período de los sistemas cerrados. No cabe responsabilizar de ello a la producción farmacéutica, a los enclaves nucleares o a las manipulaciones genéticas, aunque tales cosas estén destinadas a intervenir en el nuevo proceso. No cabe comparar para decidir cuál de los dos regímenes es más duro o más tolerable, ya que tanto las liberaciones como las sumisiones han de ser afrontadas en cada uno de ellos a su modo”.

“Las antiguas sociedades de soberanía operaban con máquinas simples, palancas, poleas, relojes; las sociedades disciplinarias posteriores se equiparon con máquinas energéticas, con el riesgo pasivo de la entropía y el riesgo activo del sabotaje; las sociedades de control actúan mediante máquinas de un tercer tipo, máquinas informáticas y ordenadores cuyo riesgo pasivo son las interferencias y cuyo riesgo activo son la piratería y la inoculación de virus. No es solamente una evolución tecnológica, es una profunda mutación del capitalismo. Una mutación ya bien conocida y que puede resumirse de este modo: el capitalismo del siglo XIX es un capitalismo de concentración, tanto en cuanto a la producción como en cuanto a la propiedad. Erige, pues, la fábrica como centro de encierro, ya que el capitalista no es sólo el propietario de los medios de producción sino también, en algunos casos, el propietario de otros centros concebidos analógicamente (las casas donde viven los obreros, las escuelas). […] Pero, en la actual situación, el capitalismo ya no se concentra en la producción, a menudo relegada a la periferia tercermundista, incluso en la compleja forma de la producción textil, metalúrgica o petrolífera. Es un capitalismo de superproducción. Ya no compra materias primas ni vende productos terminados o procede al montaje de piezas sueltas. Lo que intenta vender son servicios, lo que quiere comprar son acciones. No es un capitalismo de producción sino de productos, es decir, de ventas o de mercados. Por eso es especialmente disperso, por eso la empresa ha ocupado el lugar de la fábrica. La familia, la escuela, el ejército, la fábrica ya no son medios analógicos distintos que convergen en un mismo propietario, ya sea el Estado o la iniciativa privada, sino que se han convertido en figuras cifradas, deformables y transformables, de una misma empresa que ya sólo tiene gestores. […] Ahora, el instrumento de control social es el marketing, y en él se forma la raza descarada de nuestros dueños. El control se ejerce a corto plazo y mediante una rotación rápida, aunque también de forma continua e ilimitada, mientras que la disciplina tenía una larga duración, infinita y discontinua. El hombre ya no está encerrado sino endeudado”.

“En el régimen empresarial, los nuevos modos de tratar el dinero, de tratar los productos y de tratar a los hombres que ya no pasan por la antigua forma de la fábrica. Son ejemplos mínimos, pero que nos permiten comprender mejor lo que hay que entender por ‘crisis de las instituciones’, es decir, la instalación progresiva y dispersa de un nuevo régimen de dominación. Una de las cuestiones más importantes es la inadaptación de los sindicatos a esta situación: ligados históricamente a la lucha contra las disciplinas y a los centros de encierro, ¿cómo podrían adaptarse o dejar paso a nuevas formas de resistencia contra las sociedades de control? ¿Puede hallarse ya un esbozo de estas formas futuras, capaces de contrarrestar las delicias del marketing? ¿No es extraño que tantos jóvenes reclamen una motivación, que exijan cursillos y formación permanente? Son ellos quienes tienen que descubrir para qué les servirán tales cosas, como sus antepasados descubrieron, penosamente, la finalidad de las disciplinas. Los anillos de las serpientes son aún más complicados que los orificios de una topera”.

¿Cómo organizar lo común?

II. A. Fernández-Savater, “¿Cómo se organiza un clima?” (9 de enero de 2012):

“Hay propuestas que prenden mejor en el nuevo clima que otras. Los motivos son muy distintos, seguro. Pero entre ellos está la sintonía de la propuesta (en su manera de construirse y en lo que plantea) con las tendencias más fuertes del clima 15-M: horizontalidad (ni vanguardias ni protagonismos), inclusividad (nos dirigimos al 99%, no a un gheto), respeto (convivencia entre diferentes), no-violencia (una mezcla de conflicto y legitimidad), inteligencia colectiva, creatividad y capacidad de sorprender, “no queremos ser mercancías en manos de políticos y banqueros”, etc. Sintonizar con el clima es una cuestión de escucha y de sensibilidad.

El 15-M tiene mucho que ver con la alegría de estar juntos en una sociedad de competencia y sálvese quien pueda. Esa alegría podía palparse en las plazas, en el 15-O o en la cabalgata indignada. Pero sólo podemos estar juntos, compartiendo espacio y tiempo, en momentos excepcionales. ¿Cómo estamos juntos cuando no estamos juntos? ¿Cómo encontrarnos y sentirnos acompañados sin vernos las caras? Pensar la (auto)organización del clima pasa también por pensar los enlaces, las conexiones, los interfaces, la comunicación.

Lo común circula y se construye también a partir de imágenes, narraciones y herramientas. Más comunes cuanto más abiertas, honestas y comprensibles sean. Abiertas, en el doble sentido de que den qué pensar (más que tratar de convencer) y sean reapropiables (se puedan replicar, modificar, adaptar, alterar libremente: sin propiedad). Honestas, porque no esconden la dudas, los desalientos, las contradicciones y los claroscuros que son parte de la vida. Y comprensibles, es decir, directas y transparentes pero no banales, exigentes pero no cerradas, restringidas o reservadas a los expertos en tal jerga o saber, sino dirigidas a cualquiera”.

III. A. Fernández-Savater, “¿Cómo se gobierna un clima?” (16 de febrero de 2012):

“Blancas mueven, negras responden: contra los recortes, trinchera

Una amiga me dice: “no nos ayuda nada pensar en términos de recortes, en realidad se trata de un cambio de escenario”. La crisis no es sólo económica, sino de modelos y valores, del sentido y la finalidad de lo que hacemos día a día. Pensar en términos de recortes significa: donde antes había más ahora hay menos. Defendamos lo que queda y presionemos por volver al mismo sitio dónde estábamos. Esa lógica convierte el movimiento en una trinchera: “no pasarán”. Pero si lo que viene no sólo son recortes, sino un cambio de escenario, no podemos responder defendiendo lo mismo, sino creando otra cosa. Ese es el sentido de la famosa consigna zapatista: “resistir es crear”. La mera resistencia no resiste, las luchas defensivas se pierden todas desde hace años, para proteger algo hay que revitalizarlo y reinventarlo. No hacer una trinchera, sino encarnar una nueva visión.

Desde muchos espacios se piensan hoy en los bienes comunes como un tercer término más allá de lo público y lo privado (pero no necesariamente opuesto). El mismo 15-M es un gran ejemplo de una política de lo común, defendiendo/revitalizando las calles como un espacio público de todos y de nadie, más allá del acceso restringido de la privatización y de la propiedad/gestión exclusiva en manos del Estado.

Defender lo público es mantenerlo vivo y en movimiento, preguntándose por sí mismo, su sentido y su valor. No cancelar el debate y la reflexión “porque ahora toca resistir”, sino por el contrario abrir preguntas que nos conciernen a todos (qué educación, qué sanidad), invitando así a los demás no sólo a apoyar tu lucha, sino a pensar-hacer contigo, formar parte. Hacernos cargo en común de lo que tenemos en común”.

IV. A. Fernández-Savater, “Un email sobre la huelga” (31 de marzo de 2012):

“Los amigos anduvimos bastante despistados y no dimos con los lugares interesantes, luego nos contaron que hubo momentos intensos en la mani que empezó en Legazpi y varios otros. La gente está muy contenta en general, pero yo no conseguí conectar con la situación.

No sé, igual ponemos atención en algo cuando no lo entendemos bien y nos plantea un problema, pero ayer todo el repertorio de lenguajes y gestos me sonaba ya-visto (aunque desde luego era masivo y circulaba energía, sin duda más que en la huelga de 2010). A mi -y más después del 15-M- me dejan frío las plastic flags, detesto los bloques identitarios, la retórica de la clase obrera me suena a hueco, no me va la división del mundo en huelguistas y esquiroles… Como ves, tengo problemas con el dispositivo ‘huelga general’.

             Huelguistas y esquiroles. Claro que hay momentos en los que el mundo se corta en dos y hay que elegir dónde se está. Atreverse a polarizar cuando llega el momento, eso es irrenunciable. Pero también pienso en mi vida y la veo más como una mezcla cotidiana de piquetero y esquirol, algo menos heroico, más ambiguo y contradictorio, gestos que reproducen la realidad y algún otro que lo cuestiona, y entonces me pregunto si nuestras polarizaciones públicas no deberían tal vez acompañarse de algún movimiento de apertura hacia el otro -que sería como una invitación íntima al diálogo con esa otra parte de uno mismo.

Creo que vivimos en un mundo común y ni los peregrinos de las JMJ ni los votantes del PP van a desaparecer como resultado de no sé qué lucha final. ¿Cómo convivir? Vamos, lo que te quiero decir es que no me sale insultar a nadie ni obligar a ninguna tienda de abanicos a cerrar, la verdad. Y seguramente por eso aprecio tanto el espíritu 15-M que desafía a los poderes, polariza y dice NO a lo que no queremos en nuestras vidas sin montar ninguna trinchera, sino abriendo un espacio de diálogo e invitación al 99%. Pero igual ahora vienen otros tiempos…

Un amigo se me acercó ayer y me dijo: “los modos de hacer 15-M han perdido la iniciativa, a partir de ahora la vieja política pondrá el escenario y en todo caso nosotros encontraremos intersticios por donde colarnos”. Otro amigo nos regañó muy sabiamente: “vais paseando por aquí sin enteraros absolutamente de nada y ya estáis haciendo diagnósticos definitivos sobre el giro radical de la situación y tal y cual”. Y tiene toda la razón, pero como es el único juego al que sabe uno jugar… Bueno, prudencia, vamos a esperar, escuchar, ver… A ti te cuento todo lo que me pasó por la cabeza porque sé que lo vas a saber leer como las impresiones de un momento, sólo fragmentos para seguir pensando.

Pero ya sabes lo que creo: las “radicalizaciones” suelen ser de lo menos radical que hay. Todo se vuelve muy obvio, los bandos están claros, el mundo se ordena demasiado. Me gusta pensar más en una radicalidad que pase por hacerse preguntas de fondo sobre la vida que llevamos, por desordenar(nos) y problematizar(nos), no sólo confrontar, por elaborar esas preguntas de forma compartida y colectiva, en torno a experimentaciones prácticas, por extenderlas a todo el mundo. Lo que tenemos que parar es el sentido de nuestra vida y no tanto las tiendas de abanicos. Y la verdad no sé qué preguntas me hace esta huelga sobre el trabajo, el dinero, la riqueza, etc.

¿Igual es que el clima 15-M anda un poco desorientado y nos agarramos a fórmulas más hechas y contundentes (en lo retórico, claro, porque  en  la práctica son pura impotencia) como si ellas sí que nos fuesen a “llevar a algún sitio y dar resultados”? Podría ser, es bien difícil sostener el desgarro entre el tiempo acelerado de destrucción de todo del capitalismo y nuestro “vamos lentos porque vamos lejos”, no? Pero mi idea es que si el 15-M irrumpió con tanta fuerza no fue gracias a los movimientos sociales preexistentes, sino precisamente a su debilidad. Otras maneras de hacer se abrieron paso porque las que había mostraban sus límites y no saturaban todo el espacio. ¿No tendríamos que volver a hacer un poco de vacío para dejar paso? No sé, ahora me parece difícil”.

Violencia política

En contraste con la uniformización del mundo se observan violencias de todo tipo: violencia urbana, violencia en países pobres cuyos conflictos parecen incomprensibles desde fuera, violencia de apariencia religiosa en los países de tradición musulmana; violencia integrista, nacionalista, racista; violencia del sistema mundial que acepta la creciente separación entre pobres y ricos; violencia judicial de las ejecuciones En Estados que parecen los principales garantes de la paz social; violencia en fin de guerras dispersas por el globo y vigiladas por la gran potencia mundial. Puede decirse que el sistema mundial tolera cierta “reserva de violencia” y que obtiene de ella ciertos beneficios, al igual que la economía tolera cierta “tasa de desempleo” susceptible de calmar los arrebatos reivindicativos. Y no obstante, a pesar de la aparente semejanza de estos tipos de violencias que citamos, ni tienen la misma significación, ni el mismo significado ni se mueven en las mismas escalas geopolíticas. Quizá la especificidad de la violencia política reside en que siempre aparece cuando las relaciones ya no son concebibles, ni negociables, y menos aún son instituibles o instituidas, o dicho de otro modo, cuando fracasan la simbolización y el espacio público donde sería posible debatir esta violencia no existe o continúa fragmentado, desequilibrado.

Para seguir leyendo

Uno de los sentidos de feminismos en el 15M

Porque lo que la ofensa nos dice es quién puede decir (hacer) qué sobre quién dejando abierta la puerta al por qué y ¿al cambio?

El sentido se construye colectivamente y, claro está, en la confrontación de aspectos que hasta ese momento pensábamos “de sentido común” surge toda una constelación de significados, en ocasiones, enfrentados. Reconozco que me ha preocupado muchísimo contemplar cómo en multitud de personas el “sentido común” (esa respuesta inmediata, sin argumentar, dada por hecho) ha sido la negación, hasta el punto de apostarse no por una comisión sino por una “Omisión de Feminismos”. ¿Por qué?

A pesar de lo que algunos podíamos creer en las primeras horas (o días): “ahora empieza todo”, nos trajimos de casa nuestros estereotipos, nuestros perjuicios y nuestros valores… Esto se vio rápidamente cuando este “sentido común se rompe”. Ese ha sido el papel de “feminismos”, mediante su acción ha tenido que romper y en este ejercicio interpelar, afectar al resto del 15M. Frente al regocijo de la acción colectiva vemos que esa acción ni es tan compartida ni es vivida por todos igual. Estos desencuentros han hecho a la comisión de feminismos (desde mi visión) “heroína a la fuerza” o (desde otras, “las pesadas, policías del discurso”), es decir, tener que asumir, pensar y reaccionar desde dentro del 15M a golpes que hubieran sido difícil entender que se les dieran a otras comisiones (o temas). Más aún, han tenido que explicar por qué algunos actos son ofensas para algunas personas, ideas, valores… Esta ruptura, la de plantear que algo no nos une sino que nos diferencia (al menos de partida), posiciones reconocidas o no, que asignan distintas posibilidades de ser, distintas, distinto… ha chocado directamente con los “valores” más “espontáneos” (sentido común y, como tal, estereotipado) del mito de la “unidad (igualdad) del movimiento”.

(…)

A la larga, todos estos cuestionamientos y estas “nuevas” formas de pensar “lo que nos une y desde dónde” creo que va generando un proceso que acerca más el “feminismo” al sentido común del “sentido común” del 15M. El hecho de que este proceso se viva por algunas personas como constantes quiebros e interpelaciones marcan la distancia inicial entre el feminismo y lo que la sociedad es. Lo preocupante es que esta labor haya sido una labor exclusiva de la Comisión de Feminismos.

En definitiva, uno de los sentidos de la Comisión de Feminismos en el 15M ha sido: Participar activamente, mediante el cuestionamiento del sentido común, en construir y difundir otras formas de pensar y habitar sensibles al máximo espectro de posiciones… así, cada vez estamos más cerca de entender todos qué significa eso de que “la revolución será feminista o no será” y, quizás, dentro de poco, esta frase sea de “sentido común” y compartido y podamos caminar un paso más.

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