CUANDO LA RABIA PRENDE

“No existe eso que se llama sociedad” dijo una vez la exlíder del Partido Conservador Margaret Thatcher; lo único existente serían entonces individuos que, buscando de forma egoísta su beneficio, contribuirían al bienestar del Imperio. Treinta años después, las revueltas de este verano en Reino Unido insisten precisamente en lo contrario. La afirmación de la exlíder conservadora se desvela además como una afirmación cínica; los actuales estallidos de violencia se hacen eco de las premisas ocultas de la misma ideología conservadora, esto es, de la “vuelta a lo básico” que alentaba la campaña de dicho partido en la década de los ochenta y que suponía la consabida exaltación de la familia, el trabajo duro y la individualidad, así como su corolario de satisfacción de los instintos tribales y territoriales. Podría añadirse un efecto ideológico que habla de lo social y económico como del estado del tiempo, lográndose invitar a la gente a abdicar de su responsabilidad política al sostener que no hay nada que hacer, tan sólo adaptarse.

De manera nada paradójica el conservadurismo neoliberal conseguía, nada nuevo sólo que de forma más brutal aún, que la relación constitutiva del sistema capitalista, la relación capital/trabajo, convirtiera al segundo par de esta ecuación en una mera composición técnica, ni social ni política, en un esquema sin resistencias al servicio del capital.

La barbarie a combatir, reverso del neoconservadurismo · · · · ·

Dado que no había sociedad ni por tanto era preciso seguir solidaridad alguna con los desposeídos, durante la Era Thatcher la represión en los barrios subalternos de Londres aumentó. Planteada como un dispositivo de coerción para la salarización (nada de tolerancia y ayuda social, más bien disciplina, responsabilidad y trabajo duro), se desplegó con obscenidad para tratar de paliar la economía sumergida, los trapicheos y los favores, que al parecer habían aumentado con el azote del paro de los primeros ochenta, desempleo que ya en 1982 afectará a tres millones de personas. Hubo dos elementos que contribuyeron a esa búsqueda obsesiva de salario: por una parte el aumento desmesurado de la inflación para “romper el espinazo de los sindicatos” tal y como expresó años después uno de sus ministros, y por otra, la duplicación de la tasa de pobreza que pasó del 9 al 19% tras los sucesivos gobiernos liberales. De manera nada paradójica el conservadurismo neoliberal conseguía, nada nuevo sólo que de forma más brutal aún, que la relación constitutiva del sistema capitalista, la relación capital/trabajo, convirtiera al segundo par de esta ecuación en una mera composición técnica, ni social ni política, en un esquema sin resistencias al servicio del capital.

El mismo plano laboral que otorgaba una identidad en el repunte del movimiento obrero inglés de los ochenta, ahora genera los porcentajes de temporalidad más altos de la historia del país. La implosión de la fábrica como centro neurálgico de la producción, pero también del enfrentamiento, y espacio físico de referencia de clase como resultado del aplastamiento del invierno del descontento durante el gobierno de James Callaghan y de las políticas de desindustrialización y terciarización violenta de la era Thatcher terminará definitivamente con el movimiento obrero inglés, dando lugar a un espacio vacío de luchas continuadas en el tiempo.

Sin embargo, como comenta Zizek(1) esta ideología de la vuelta a lo básico llevaba aparejada la liberación de la barbarie que siempre acecha bajo esta forma aparentemente civilizada y burguesa. La necesidad entonces de gestionar los presumibles estallidos sociales de una masa social empobrecida y sin ayudas estatales, de semejante chusma barbarizada (identificable en los protagonistas de Riff-raff de Ken Loach) conllevó una lenta pero progresiva transformación de los dispositivos de terrorismo estatal. La tensión que imponía el urbanismo racial se disparará con la aprobación de la Ley del Sospechoso que permitía a la Policía Metropolitana parar y detener a cualquier viandante equívoco de delito; la denominada Operation Swamp 81 que inicia dicha ley por la disminución del crimen común y del crimen organizado hostigará especialmente al barrio de Brixton, distrito del sur.

Guns in Brixton, de The Clash, da buena cuenta de la tensión palpable en aquel barrio antes de los disturbios que allí tuvieron lugar tanto en 1981 como en 1982 y 1995. En octubre de 1985 la revuelta también alcanzó el barrio de Tottenham cuando una multitud expresó su rabia por la muerte de Cynthia Jarrett a consecuencia de un infarto provocado por el maltrato de la policía durante el registro de su casa, expropiando comercios, incinerando automóviles, y confrontando a la policía con escopetas de caza y cócteles molotov. El resultado de los cruentos enfrentamientos dejaba el balance de un policía ejecutado con un machete así como doscientos uniformados heridos.

Bien es cierto que la imposibilidad de encontrar referentes en el pasado fragmentado dificulta ubicar el presente. La vieja generación no tiene descendientes y los jóvenes no tienen antepasados; el poder se legitima a través del ejercicio de desmemoria. Los nuevos rebeldes no tienen detrás una tradición de luchas sociales, tampoco pueden atenerse a una ideología concreta, y no obstante, aparecen en cierto imaginario de la impotencia como herederos de tareas históricas imposibles.

El pasado, la repetición y el presente · · · · ·

Si los acontecimientos de 1995, junto a los producidos en Tottenham en 1985, gozan de prestigio entre los jóvenes movilizados en agosto, y todavía permanecen en la ciudad murales en honor a Wayne Douglas, joven asesinado bajo custodia policial en aquel año, el hilo conductor con los anteriores se ha roto.

London Calling, banda sonora para las generaciones participantes en los primeros disturbios en Brixton se escoge ahora como el tema de los Juegos Olímpicos de 2012; el Archivo Cultural Negro, en el que se conservan documentos de la historia del movimiento político negro en Gran Bretaña, y en el que se organizan coloquios sobre el papel en la construcción del actual escenario social de la ciudad de los disturbios producidos en 1981 y 1982, recibe un millón de libras de la Alcaldía, y es que “algunos de los que bailaban esas canciones y legitimaron aquellos levantamientos ahora nos desprecian, para ellos sobramos”, dice Lulu, de veintidós años y en paro, en Hackney; “porque para la sociedad de este país nosotros somos los que no supieron incorporarse a todos los cambios positivos que vinieron después y si pudieran nos barrerían”, prosigue. Son la contradicción en la ciudad de los mercados financieros, el arte conceptual y la moda vintage.

Haciéndose eco de esa extrañeza, las declaraciones de la ministra May se afanan en deslegitimar el proceso de protestas, evitando comparaciones con anteriores luchas. Así pone de manifiesto lo que todo el mundo ya creía saber: que los jóvenes de los barrios han redescubierto la fórmula del fuego, y cualquier intento de que el pasado los apadrine, es en vano.

Bien es cierto que la imposibilidad de encontrar referentes en el pasado fragmentado dificulta ubicar el presente. La vieja generación no tiene descendientes y los jóvenes no tienen antepasados; el poder se legitima a través del ejercicio de desmemoria. Los nuevos rebeldes no tienen detrás una tradición de luchas sociales, tampoco pueden atenerse a una ideología concreta, y no obstante, aparecen en cierto imaginario de la impotencia como herederos de tareas históricas imposibles. Existe pues un cierto estancamiento del medio político en el que ha campado a sus anchas la ausencia de crítica, en el que las nuevas tecnologías proporcionan la estructura para garantizar la apariencia de movimiento. Los disturbios son una manifestación de la fuerza material de la ideología, explica Zizek, lo que desdeciría la llamada “sociedad posideológica”. Importancia pues de la ideología, mas el problema de Zizek es que sin lo que considera como ideología encarnada (un cuadro, un partido, una elite), tan sólo nos encontramos con fantasmas: desde un punto de vista revolucionario, el problema de los disturbios no es la violencia como tal, sino el hecho de que la violencia no sea realmente autoasertiva; “es rabia impotente y desesperación enmascaradas como exhibición de fuerza, es la envidia disfrazada de carnaval triunfante”. Cuánto hay aquí de exceso de proyección conceptual, de arrogancia de pensador supremo que evalúa los vientos de la historia —máxime cuando la historia misma no parece estar a la altura de su febril argumentación— y que considera que ante la carencia de una disciplina revolucionaria, o del imprescindible aparato de un partido político, el resultado necesario es anarquía banal e impotente.(2)

Desde el ataque a los almacenes Sony el 9 de agosto, Scotland Yard recibe la orden de salvaguardar específicamente las infraestructuras más significativas de los barrios conflictivos y del centro. Los jóvenes, entonces, recurren a pequeños comercios para continuar la contienda. Se ignora la distancia que separa el ataque e incendio de los 20.000 metros cuadrados de almacenes de Sony en Enfield y el sabotaje a un comercio de dulces bangladesíes en Commercial Street, y lo importante es que el fuego se propague. Asaltar y quemar. Para Zizek (íbidem) hay no obstante una lógica oculta que reinstala la lucha de clases aunque en otra ubicación. Planteando un paralelismo con los disturbios en las banlieues francesas, el conflicto se dio entre dos polos de los más desfavorecidos: los que han conseguido funcionar en el marco del sistema frente a aquellos que están demasiado frustrados para seguir intentándolo. Así, la violencia de los manifestantes estuvo dirigida casi exclusivamente contra su propio grupo. Los coches quemados y las tiendas saqueadas no lo fueron en los barrios ricos, sino en los propios barrios de los manifestantes. El conflicto no es entre diferentes segmentos de la sociedad; es, en su manifestación más radical, el conflicto entre una sociedad y otra, entre los que tienen todo y los que no tienen nada que perder; entre los que no tienen ningún interés en su comunidad y aquéllos cuya apuesta es la más alta posible.

¿Asaltar y quemar, son una repetición de lo mismo y en la acepción hegeliana de Zizek no llegan más que a meros accidentes evitables en la historia? Quizá no del todo, más bien repetición con mutaciones y por ello la sospecha que anticipa la señal de que un proceso histórico más profundo se está desarrollando. Los acontecimientos de agosto son una ruptura con las anteriores movilizaciones de los guetos londinenses porque el aglutinante principal no es la raza, pero sobre todo porque estos jóvenes desprecian el pasado. Como la mayor parte de la población europea de su edad, sufren de una amnesia política que les impide entender el pasado de lucha más reciente de una manera integrada, en su complejidad. Conocen escuetamente tan solo episodios aislados narrados por sus padres, conocidos por las pintadas en sus barrios, por la policía que se lo recuerda con su perpetua presencia, y sin embargo “el pasado nos ha traído hasta aquí”, decía Yasín, de 26 años, cocinero.

Desde el ataque a los almacenes Sony el 9 de agosto, Scotland Yard recibe la orden de salvaguardar específicamente las infraestructuras más significativas de los barrios conflictivos y del centro. Los jóvenes, entonces, recurren a pequeños comercios para continuar la contienda. Se ignora la distancia que separa el ataque e incendio de los 20.000 metros cuadrados de almacenes de Sony en Enfield y el sabotaje a un comercio de dulces bangladesíes en Commercial Street, y lo importante es que el fuego se propague. Asaltar y quemar.

Desde hace quince años, los barrios del norte poseen también otro aglutinante, ni el pasado, ni el color: las bandas. Amistades que en corros afilan sus versos y comparten miserias las noches de alcohol barato y cocaína. Ni el aumento de casi un 50% de la tuberculosis en 2010 en los barrios periféricos londinenses, ni el paro, ni las redadas, consiguieron hermanar a esas bandas. La muerte de Mark Duggan, de 29 años, que había pasado por diferentes bandas y grupos el 4 de agosto de 2011, sí lo hizo. En Tottenham era conocido como “el general cinco estrellas”, y su muerte a manos de la policía durante una persecución generó una concentración de unas doscientas personas frente a la comisaría de su barrio natal dos días después. Los allí congregados no recibirán ningún tipo de explicación sobre su muerte, y pronto la concentración tratará de ser disuelta por varios agentes que, porra en mano, golpearon a familiares y amigos del joven fallecido.

Tras una media hora de tensión, se lanzaron varios cócteles molotov y botellas contra los agentes de Scotland Yard para, acto seguido, cortar la calle quemando un vehículo policial. Nuevos jóvenes llegarían al lugar para incendiar contenedores de basura que se arrojaron contra la comisaría. El fuego duró toda la noche, devorando un autobús de dos pisos, dos coches policiales además de numerosos comercios. A mediodía del día 7, los bomberos aún luchaban para apagar las brasas de un bloque que ardió entero durante la noche.

La criminalización de las bandas, el racismo policial y la respuesta airada de aquellas contribuyen a una masa crítica siempre a punto de estallar. Bastaba el detonante y esta explicación apareció como una de las primeras aproximaciones a las revueltas. En las páginas de The Independent Christina Patterson recordó que “muchos hombres negros han muerto a manos de la Policía. Muchos hombres y mujeres negras han sido tratados como criminales sin serlo. No es el motivo principal de la revuelta, pero sí se trata de una de las causas”. La noche siguiente los disturbios se extendieron a Brixton, en el sur, pero también a Enfield, Walthamstow e Islington, en el norte. Grupos de jóvenes atacaron allí locales comerciales y coches, lanzando proyectiles contra la policía. Scotland Yard, desbordado, emitió un comunicado por radio y televisión en el que se pedía a a las familias que se pusieran en contacto con sus hijos para asegurarse de que no se sumaran a las manifestaciones. La policía metropolitana difundió de forma masiva imágenes de las cámaras de seguridad para que los londinenses ayudasen a identificar y detener a los autores de actos violentos. Además, para prevenir nuevos focos de conflicto, se cerraron estaciones clave de Londres y alrededores como Barking, al este; Harrow-on-the-Hill, al oeste; y Peckham Rye, West Croydon y South Bermondsey, al sur.

Los acontecimientos de agosto son una ruptura con las anteriores movilizaciones de los guetos londinenses porque el aglutinante principal no es la raza, pero sobre todo porque estos jóvenes desprecian el pasado. Como la mayor parte de la población europea de su edad, sufren de una amnesia política que les impide entender el pasado de lucha más reciente de una manera integrada, en su complejidad.

Durante la tarde del lunes se registraron atracos y enfrentamientos entre manifestantes y policías antidisturbios en Hackney, donde se atacaba tanto a policías como a reporteros y donde en medio de la confusión ardieron tanto comercios como viviendas particulares, quizá también como expresión de rechazo a una gentrificación(3) que en algunas áreas del barrio ha doblado el precio de los apartamentos. The Horrors fuck off, apareció pintado con rodillo tras los disturbios en la zona de Shackelewell; un mensaje claro para los integrantes de ese grupo musical que al residir en la zona provocaron que diversas revistas de moda calificaran Hackney de zona underground & cool para vivir.

La protesta se extendió luego a la zona comercial del Bullring, en el centro de Birmingham y se produjeron incidentes en la ciudad de Leeds. Esa misma noche la confrontación abierta continuó en numerosos barrios, desde Hackney y East Ham en el este a Peckham y Lewisham en el sudeste, Clapham en el sur y Croydon, más allá de las fronteras del sur de Londres, una ciudad dormitorio a medio camino entre la capital y el aeropuerto de Gatwick en la que ardió una gigantesca tienda de muebles del sigo XVIII. La columna de humo podía apreciarse desde varios kilómetros de distancia. También se iniciaron asaltos a comercios y ataques con cócteles molotov a la policía en grandes ciudades como Birmingham, Liverpool, Manchester, Nottingham y Bristol. Durante las horas siguientes Manchester será uno de los escenarios más conflictivos de las revueltas.

Ese martes 9 de agosto dieciséis mil policías patrullaban las calles de Londres y las tiendas cerraban a las cuatro de la tarde en previsión de lo que pudiera ocurrir horas después. Durante la noche ardió una comisaría en el barrio de Hackney, escena que se repetiría al día siguiente cuando unos cincuenta jóvenes arrojaron sesenta cócteles molotov contra la comisaría de Canning Circus, en Tottenham. El viernes 12 ya había mil setecientas personas detenidas, que el domingo 21, según informó Sky News, serían 1.875. La policía británica presentaría cargos contra 1.073.

¿Conoces a alguno de ellos? Llama a la policía al 020 8345 4142 — Pon nombre a ese saqueador.

Gastaremos dinero donde sea necesario castigar · · · · ·

Aquel mismo fin de semana del 13 y 14 de agosto, la policía exhibió en las calles de Manchester grandes paneles con fotografías ampliadas de los jóvenes más buscados tras los disturbios en la ciudad. Horas después de que se colocaran, el Ejecutivo Británico contrataba al estadounidense Bill Bratton como consejero. A Bratton, exjefe de Policía en Nueva York y Los Ángeles, se le adjudica una reducción dramática del crimen tras disturbios de 1992, provocados por la decisión de un jurado de raza blanca de absolver a cuatro policías responsables de una paliza a un miembro de la comunidad afroamericana, Rodney King. Aquella “reducción del delito” expresada a través de la “tolerancia cero ante el crimen” y una auténtica política de criminalización de la pobreza,(4) tuvo como consecuencia directa un aumento del 62,7% de los reclusos en la ciudad.

La noción de underclass, una visión que trata a los marginados principalmente desde el punto de vista determinista cuando no punitivo y debilita sus posibilidades simbólicas de integración política, ya ha entrado tanto en el lenguaje político como en las ciencias sociales pero en Inglaterra tiene un añadido moral; si el Estado debe prohibirse ayudar materialmente a los pobres, le corresponde de todos modos sostenerlos moralmente con la imposición de trabajar; la misión del Estado paternalista no es otra que la de imponer el trabajo asalariado de miseria, base del nuevo orden de clases polarizado.

Desde Nueva York, la doctrina de la tolerancia cero, instrumento de legitimación política de la gestión policial y judicial de la pobreza que molesta —la que se ve, la que provoca incidentes y malestar— se propagó a través de todo el planeta en un alarde de universalización del sentido común estadounidense; y con ella la retórica militar de la “guerra” al crimen y de la “reconquista” en el espacio público que asimila a los delincuentes, los sin techo, los mendigos y otros marginales con invasores extranjeros, lo cual facilita la amalgama con la inmigración. Por otra parte también permite a los políticos reafirmar la decisión del Estado de actuar con severidad frente a los desórdenes y liberar a ese mismo Estado de sus responsabilidades en la génesis social y económica de la inseguridad para apelar a la responsabilidad individual de los ciudadanos de las zonas “inciviles” a quienes correspondería en lo sucesivo ejercer por sí mismos un control social estrecho. Cuando Cameron afirmaba que “responderemos con contundencia, será un contraataque firme”, precisamente daba cuenta de la expansión de esas mismas lógicas.

Bratton era la pieza que faltaba para que esa política, auspiciada por algunos evangelistas del mercado como el Adam Smith Institute o el Centre for Policy Studies, pudiera difundir de forma concertada las concepciones neoliberales en materia económica y social, y acabe imponiéndose para refrenar el surgimiento de una amalgamada underclass de pobres alienados y peligrosos inmigrantes. El poder de tal discurso lleva a que muchos de los intelectuales que se piensan a sí mismos como progresistas adopten este nuevo vocabulario, esta nueva vulgata. Ello se debe a una suerte de profecía autocumplida y dado que el mundo está siendo transformado por el mercado autorregulado y esas nuevas políticas estatales de brutales recortes de prestaciones, cuando los Estados adoptan el dogma neoliberal están transformando la sociedad a imagen de dicha teoría. Asistimos entonces a un curioso consenso entre la derecha más reaccionaria de ambos lados del Atlántico y la autoproclamada vanguardia de la nueva izquierda europea alrededor de la idea de que el Estado debe volver a asumir en sus manos de hierro a los “malos pobres” y corregir sus comportamientos mediante la reprobación pública y el agravamiento de las coacciones administrativas y las sanciones penales.

La noción de underclass, una visión que trata a los marginados principalmente desde el punto de vista determinista cuando no punitivo y debilita sus posibilidades simbólicas de integración política, ya ha entrado tanto en el lenguaje político como en las ciencias sociales pero en Inglaterra tiene un añadido moral; si el Estado debe prohibirse ayudar materialmente a los pobres, le corresponde de todos modos sostenerlos moralmente con la imposición de trabajar; la misión del Estado paternalista no es otra que la de imponer el trabajo asalariado de miseria, base del nuevo orden de clases polarizado.

Lawrence Mead, profesor de Ciencia Política en Nueva York, para quien “el trabajo no es un acto político” que demuestra “la necesidad de recurrir a la autoridad”, tiene el mérito de ver y hacer ver que la generalización del trabajo precario, que algunos presentan como una necesidad económica lamentable pero ideológicamente neutral, se apoya en realidad en el uso directo de la coacción y participa de un proyecto de clase. Mead alaba por lo tanto más Estado en el doble plano penal y social, con la condición de que ese aspecto social funcione como elemento penal disfrazado, instrumento de vigilancia y disciplina de los beneficiarios que los remite directamente a su homólogo criminal. De tal modo, trabajo social y trabajo policial obedecerían a una misma lógica de control y enderezamiento de las conductas de los miembros ineptos de la clase obrera.

La mejor respuesta a la pobreza es pues dirigir la vida de los pobres. El Estado no responderá a la terrible miseria de los barrios desheredados mediante un fortalecimiento de su compromiso social, sino con un endurecimiento de su intervención penal. Son políticas que, usando un discurso autoritario y de civismo ordenancista y bienpensante, simplifican la complejidad de los problemas que pretenden atajar, atacando sólo las expresiones externas del profundo malestar social. Los problemas de fondo persisten, pero se amortiguan sus efectos, se atenúa el ruido, y se logra seguir un tiempo más hasta el próximo estallido. A la violencia de la exclusión económica opondrá la violencia de la exclusión carcelaria. En otras palabras, tal Estado paternalista debe ser además un Estado punitivo, proclamando que “la prisión funciona” —en tanto que aspirador de la escoria social— y que los gastos penitenciarios, lejos de constituir una carga financiera intolerable, son una inversión rentable. “Vamos a aumentar la presencia policial en las calles y los detenidos por disturbios serán enviados a prisión. Gastaremos dinero donde sea necesario” declaró para la BBC el Ministro de Economía George Osborne; nada más lógico, la tolerancia cero al estilo estadounidense es el complemento policial indispensable del encarcelamiento en masa al que conduce la penalización de la miseria.

En cualquier caso la violencia ya estaba servida antes de los disturbios; The Guardian publicaba el año pasado una encuesta cuyo resultado es la nueva ecuación social: el 10% más rico de la población lo es cien veces más que el 10% más pobre. La tolerancia a esos datos, se traduce en indiferencia. La violencia previa de la economía se convierte en la base del odio, un odio que solo puede contenerse encerrando a 96.000 personas en prisión5 y atestando de policía los barrios empobrecidos.

A la busca de las nuevas identidades o el esfuerzo de los especialistas · · · · ·

El propio devenir de los acontecimientos desarrolló una nueva identidad que se autoconstruye; la de “los encapuchados”, “los cabreados”, “los violentos”, “los locos”, “los anarquistas ingleses”… La reacción conservadora ha sido predecible: no hay justificación para este tipo de vandalismo, es preciso usar todos los medios necesarios para restaurar el orden. Kit Malthouse, vice-Alcalde de Londres y Presidente de la Autoridad de la Policía Metropolitana, destacó el impacto en la imagen de Londres en la víspera de los Juegos Olímpicos, describiendo el escenario de las dos últimas noches como “desagradable y chocante”. En un alarde de sincretismo, agregó: “Obviamente hay gente en esta ciudad, por desgracia, que tiene la intención de la violencia, que están buscando la oportunidad de robar y prender fuego edificios y crear una sensación de caos, ya sean anarquistas o parte de bandas organizadas o sólo jóvenes salvajes, francamente, que se imaginan un nuevo par de zapatillas”.(6)

Anthony Daniels, médico y psiquiatra de prisiones retirado y reconvertido en escritor y articulista con el seudónimo de Theodore Dalrymple afirmó en The Australian que “los jóvenes británicos lideran el mundo occidental en casi todos los aspectos de patología social, desde las tasas de adolescentes embarazadas a las de drogadicción, desde alcoholismo a violencia”. Por lo visto, nada nuevo en este autor que ya se había anticipado a cualquier crítica progresista basada a su juicio en la ingenuidad, pues “Quienes rechazan la responsabilidad de sus propias acciones usan un lenguaje que los presenta como víctimas pasivas de las circunstancias”.

No te dejes llevar por el pánico; no hables- Octavilla con recomendaciones en caso de detención e investigación policial repartida en las calles de Londres desde el 8 de agosto.

Como cabía esperar, Daniels no ha sido el único. Los días posteriores a los disturbios de agosto en Londres numerosos psicólogos columnistas trataron de aportar explicaciones para esa otra violencia surgida como respuesta. Sus argumentos esencialistas procuraban una naturalización de esa respuesta violenta, abordando la agresividad colectiva como una cuestión de oportunidades; “cuando los jóvenes tienen la oportunidad de ser violentos, entonces, lo son” rezaba una columna en el periódico gratuito METRO el 12 de agosto. Nunca antes el Homo homini lupus (el hombre es un lobo para el hombre) de Tito Macio, dicho popularizado por Hobbes, fue tan citado de manera implícita en los artículos de opinión de la prensa británica. Este tipo de explicaciones psicologistas de los sucesos violentos tienden a confundir la violencia vertical, con la violencia horizontal; si ambas utilizan la fuerza física para modificar, desarrollar, sostener y reproducir algo del ordenamiento social y constituyen una manera de articular la relación entre gobernantes y gobernados, la primera es la fuerza que mantiene el estado de cosas, mientras que la segunda sería una intervención por el cambio. En definitiva, esta confusión nada ingenua de las explicaciones esencialistas se une al coro del gobierno Cameron en su afán por despolitizar la rabia incontenida.

Por su parte el periodismo sociológico abordó las revueltas transformándolas en comportamientos irracionales de masas que llegan a absorber y se imponen sobre la gente, que acaba perdiendo su identidad por inhibición. A ese determinismo se añaden aspectos nunca del todo bien cuantificados, que tratan de explicar lo sucedido en agosto, pero que indican más de los prejuicios de los analistas que de los analizados, tales como: el consumismo exacerbado de gadgets tecnológicos o ropa de marca (frente al consumo de aquello que establece el canon cultural), monoparentalidad y su consecuente incapacidad educativa (frente al imaginario educativo de la familia nuclear y la castradora función del padre), el aburrimiento apenas satisfecho por los videojuegos violentos (un componente generacional rancio según el cual cualquier pasado fue siempre mejor).

Un buen ejemplo de esta literatura lanzada a la batalla, mitad académica mitad periodística, lo ofrece John Brewer, presidente de la Asociación Sociológica británica, para quien todo el espíritu de la revuelta se debe a un exceso de Estado del Bienestar y la dependencia que ello conlleva, no ya de la generación actual, sino de varias generaciones previas acostumbradas todas ellas a evitar el fortalecimiento del carácter que procura el trabajo y la ortopedia social que todo esfuerzo disciplinado conlleva (en la educación, en las aspiraciones…). Las fórmulas represivas que se han barajado desde el Gobierno utilizaban una argumentación paralela: de los sesenta millones de habitantes de Reino Unido, unos diez millones residen en viviendas subvencionadas. Bastaría entonces con amenazar a los participantes en los disturbios con la imposibilidad de acceso a este tipo de viviendas para obtener no sólo un castigo ejemplarizante, sino además el principio más querido de las sociedades clasistas respecto a cualquier amenaza al orden establecido, esto es, que los delincuentes y demás indeseables vivan por debajo de las condiciones de vida de la clase pobre pero honrada.

No obstante, quienes logran acaparar la atención mediática no son aquellos discursos, técnicos pero repetitivos, que se esfuerzan en contextualizar las revueltas mencionando situaciones de pobreza y exclusión social, problemas de integración de las minorías étnicas o los drásticos recortes del Gobierno británico. Por el contrario, utilizando los ejemplos aislados como explicación de la totalidad del fenómeno, la casuística del perfil de los detenidos no parece encajar en el retrato del sospechoso habitual. La explicación ya no es social ni económica (nunca lo fue política) sino que debe encontrarse en el orden moral.

El propio devenir de los acontecimientos desarrolló una nueva identidad que se autoconstruye; la de “los encapuchados”, “los cabreados”, “los violentos”, “los locos”, “los anarquistas ingleses”…

Ocurriría, tal como se editorializa en El País (20.08.2011), que “A la turba se sirve cualquier excusa”. “Las revueltas juveniles en la Europa de hoy, y eso vale para la de los suburbios franceses de 2005, la de los airados griegos de 2008 y la de los indignados ibéricos y los suburbios ingleses de 2011, no son revueltas de la miseria sino del bienestar”, razona Carles Feixa, catedrático de Antropología Social de la Universidad de Lleida. “No surgen por problemas de subsistencia material, sino por problemas de cohesión moral; por crisis de valores o más bien por nuevos valores que se visibilizan con la crisis. Los valores con los que las nuevas generaciones han sido educadas, que ya no son los de la ética puritana del ahorro sino los de la ética hedonista del consumo, se ponen en duda en momentos de crisis, pues la promesa del ascensor social desaparece de golpe. Eso vale tanto para los jóvenes pobres como para la clase media”, añade. En momentos como este la antropología académico-mediática se liberaliza y alcanza un matrimonio de conveniencia con la política práctica conservadora del primer ministro británico. David Cameron avisó que la oleada de altercados era “una llamada de alerta” para todo el país y exhortó a atajar el “hundimiento moral a cámara lenta” de la sociedad británica. No obstante, negó rotundamente que las revueltas tuvieran que ver con el racismo, la pobreza o los drásticos recortes que ha llevado a cabo su Gobierno. “Estos disturbios no tienen que ver con la pobreza: eso insulta a los millones de personas que, cualesquiera que sean las dificultades, nunca soñarían siquiera con hacer sufrir a los demás de esta forma”.

La filosofía moral, excelencia de las ciencias humanas, se apunta al mismo dispositivo de la ausencia moral por boca del ensayista católico José Antonio Marina quien considera muy significativa la cuestión de los valores que la sociedad transmite a los jóvenes. “La educación ética está desprestigiada […] Hemos sustituido la oposición importante —bueno o malo—, por una de emergencia —delictivo o no delictivo—, y hemos sustituido la ética por el Código Penal. Y eso no funciona”. En realidad sí lo hace. La cultura dominante funciona por complicidad, esto es, por el reconocimiento de los dominados hacia la dominación que sufren, y es que las disposiciones, esto es, los instrumentos o esquemas mentales que les permiten a los dominados conocer la dominación han sido generados en la propia relación de dominación. Lo que reclama Marina es pues esa eficaz armonía entre las estructuras sociales objetivas (donde están los agentes) y las disposiciones subjetivas (lo que se espera, lo que se cree) porque las segundas han sido producidas por la incorporación de las primeras.

Un autor como Michael Weiss, a la sazón director de comunicación de la Henry Jackson Society —un think-tank con sede en Londres que promueve la geopolítica democrática— explica el otro gran argumento que el periodismo sociológico ha blandido para explicar la revuelta: la etiología de las bandas, y el aprendizaje y reforzamiento del comportamiento desviado que dichas organizaciones insuflan no sólo en sus miembros sino, por mímesis, en todo su entorno. El autor expresa esa nefasta incidencia mezclando con cierto casticismo la presunta sustancia de los países con las malas compañías: “la esencia de lo inglés consiste en no tener que rendir nunca cuentas de conductas desquiciadas y totalmente carentes de sentido. Desde este punto de vista la sensibilidad cómica de Monty Python, P.G. Wodehouse y Mr. Bean no tienen nada de absurdo; es resultado de un aprendizaje empírico”. Aprendizaje de la irresponsabilidad que, abarcando a “todo lo inglés”, se extrema de manera mágica (a fin de cuentas estamos en el país de Harry Potter) en los jóvenes pandilleros. ¿Serán los frenos morales lo que impida la experimentación de dicho aprendizaje en los demás?

Hay además, en esta feria de la despolitización, una corriente explicativa que de nuevo corrige los motivos estructurales históricos (pobreza, desigualdad, lucha de clases, etnicidad) por vectores estructurales innatos e inconscientes, y por tanto inevitables aunque corregibles. Subrayando que en lo presenciado estos días no cabe establecer distinción de clases en las causas de la participación, se afirma en cambio que las revueltas tendrían mucho que ver con el comportamiento de masas, similar al que surge en algunas celebraciones de victorias deportivas, según indica Jason Nier, profesor asociado de psicología del Connecticut College (EE.UU.) y experto en la psicología social de los actos colectivos. No es tanto el hedonismo moral que aducen algunos antropólogos, filósofos o políticos conservadores, sino la asunción cabal de la ética mercantil capitalista: la gente se sumó a los destrozos por puro oportunismo. “Muchos —quizá la mayoría— de los saqueadores participaron por puro egoísmo y avaricia. Como necesitan o quieren cosas, sencillamente se las llevan, sin importar si lo consideran correcto o incorrecto”, argumenta Nier. Se trata, como antes indicábamos, del reverso de la ideología conservadora retratado por Zizek: “En las calles británicas, durante los disturbios, lo que vimos no eran personas reducidas a bestias, sino la forma esquemática de la ‘bestia’ producto de la ideología capitalista”. “Y luego parece que hay otros que justifican los saqueos argumentando que —sigue Nier— a su modo de ver, todo el sistema político o económico es ilegítimo, así que sencillamente se aprovechan de un sistema que creen que ha estado explotándoles (o al menos ignorándoles)”. Finalmente, están los que en otras circunstancias nunca habrían hecho lo que hicieron. “Son algunos, probablemente una minoría, que quizá se acercan a los disturbios o saqueos sin malas intenciones. Puede ser gente normal que pierde temporalmente su brújula moral en el frenesí de la multitud”, apunta.

La psicología describe esta actitud como comportamiento de masas. Cuando el individuo se encuentra en medio de una multitud, su capacidad para sentir empatía y culpa se diluye, según indica esta psicología con un cierto aroma conductista. Entonces puede llegar a asumir los valores del grupo y los propios se atenúan, señala el profesor Nier. Si uno nunca ha vivido unos disturbios, no sabe cómo desenvolverse, así que observa lo que hacen los demás y lo asume como normal. Incluso hay quien puede elaborarse una moral propia para justificar sus actos. El problema es que, negando toda dimensión social pero también política a este fenómeno, confunde vandalismo con rebelión, hooligans con activistas, y acaba siendo un insulto a cualquier inteligencia.

 […] creemos que esta violencia “sin sentido” y ruidosa produce siempre un desfase, con la brusquedad propia de semejante desplazamiento, e incluso podemos rastrear en ello la manera en que toda acción social puede comprometer a los individuos en los procesos de emancipación y de cuestionamiento de la dominación. Y este “fuera de lugar” no es otra cosa que la política, dimensión que a no ser en su versión peyorativa (anarquistas violentos, ingobernabilidad) apenas si había aparecido hasta ahora ni en las descripciones ni en los análisis.

Es la política, estúpidos · · · · ·

Apuntando maneras más progresistas, pero no por ello menos deterministas, Jorge Fonseca, un catedrático de Economía Internacional y Desarrollo de la Universidad Complutense de Madrid, tras lamentar el desmantelamiento de “todo lo público” por los gobiernos conservadores desde los tiempos de Margaret Thatcher, viene a concluir: “nadie puede justificar lo sucedido, pero cuando la gente no tiene nada que perder se comporta de una manera irracional”. En su argumento se inscribe una ley no escrita: la desigualdad genera más violencia que la pobreza. Como si la desigualdad, en sí misma, no fuera violenta.

Un análisis reciente de la inestabilidad social en Europa entre 1919 y 2009 realizado por Jacopo Ponticelli y Hans-Joachim Voth de la Universidad Pompeu Fabra en Barcelona, integra una ingente cantidad de datos de 26 países europeos y concluye algo que no resulta una sorpresa: los recortes en el gasto público aumentaron significativamente la frecuencia de disturbios, marchas antigubernamentales, huelgas generales, asesinatos políticos e intentos de derrocar el orden establecido. Hay pocas decisiones que saquen a la gente a protestar a la calle más rápidamente que los recortes del gasto público. Es el único momento en que sienten que el espectáculo parlamentario les afecta.

En efecto, la violencia que los psicólogos patologizan, o la que los políticos criminalizan es política. Y es que lo netamente político solo puede entenderse en términos antagonistas.

No obstante aquí los progresistas de izquierda se muestran igualmente predecibles y pegados a los mantras de los programas sociales, las iniciativas de integración, el abandono que ha privado a los inmigrantes de sus perspectivas económicas y sociales, y en definitiva de la doble desposesión que siempre plantea Bourdieu (tanto económica como simbólica, esto es, no sólo la miseria sino la incapacidad para comprenderla y expresarla): los brotes de violencia serían el único modo que tienen que articular su descontento. La implicación es que las condiciones en que se encuentran estas personas hacen inevitable que salgan a la calle. El problema de este relato, sin embargo, es que sólo cuenta las condiciones objetivas de los disturbios: la revuelta consiste en hacer una declaración subjetiva, declarar de manera implícita pero a la vez castrada cómo uno se relaciona con sus propias condiciones objetivas. Encontramos que hay en todo ello algo intolerable: la idea de que las capacidades de los individuos puedan estar determinadas por su posición social y que sus enunciados están inhabilitados para desarrollar un discurso político propio, puesto que su palabra es inaudible y sólo se puede escuchar como eco deformado de los discursos sociologizantes o simplemente como ruido. Pero sobre todo lo que encontramos en este diagnóstico de la desposesión es la invitación a quedarse paralizado por ella. Por el contrario, creemos que esta violencia “sin sentido” y ruidosa produce siempre un desfase, con la brusquedad propia de semejante desplazamiento, e incluso podemos rastrear en ello la manera en que toda acción social puede comprometer a los individuos en los procesos de emancipación y de cuestionamiento de la dominación. Y este “fuera de lugar” no es otra cosa que la política, dimensión que a no ser en su versión peyorativa (anarquistas violentos, ingobernabilidad) apenas si había aparecido hasta ahora ni en las descripciones ni en los análisis.

En efecto, la violencia que los psicólogos patologizan, o la que los políticos criminalizan es política. Y es que lo netamente político solo puede entenderse en términos antagonistas. La raíz agon indica una parte de la pieza de teatro en la Grecia antigua que se distinguía de las demás por la ausencia de limitación estructural del drama. La revelación de las diferentes características de los personajes y la interpretación que el espectador hace de la obra, está condicionada únicamente por los acontecimientos transcurridos previamente en la misma. Esta libertad de acción y discurso que tan solo puede posibilitar un escenario no condicionado transcurre veloz a sabiendas de que el resurgimiento del coro en la obra frenará a través de estructuras formales la acción y el discurso.

Los disturbios de agosto son políticos porque la acción se despliega como en un Agon imprimiendo una ruptura subjetiva, una ruptura con las subjetividades y conciencias que una ciudad como Londres genera. Como salida de espacios oníricos se desprende del pasado y de cualquier constricción o corsé moral y de la corrección política. Carecer de agenda política no es necesariamente un síntoma apolítico. De nuevo Zizek nos indica que el hecho de que los alborotadores no tengan programa constituye en sí mismo un dato que exige interpretación y que nos dice mucho acerca de nuestra situación política-ideológica y del tipo de sociedad en que vivimos, “una sociedad que celebra la posibilidad de elección, pero cuya única alternativa posible al vigente consenso es un ciego acting out”. Ya no es posible oposición al sistema dentro de la legalidad, y ni siquiera puede articularse en forma de una alternativa realista ni como un proyecto utópico, sino que sólo puede tomar la forma de un arrebato (auto) destructivo. En ello coincide Alain Badiou para quien vivimos en un espacio social que se experimenta cada vez más como un “sin mundo”: en este espacio donde se encuentran personas privadas de su modo de localizar significados, la única forma que puede adoptar la protesta es la violencia.

Frente al determinismo al que es leal tanto la sociología periodística como la psicología columnista se debe construir una explicación necesariamente política, que insista en el carácter no determinista, sino en el de elección —que no mera reacción— de los repertorios de la acción social; entender la violencia política como una elección voluntaria de utilización de la fuerza física a la vez que un reconocimiento implícito de impotencia.

Los disturbios de agosto son políticos porque la acción se despliega como en un Agon imprimiendo una ruptura subjetiva, una ruptura con las subjetividades y conciencias que una ciudad como Londres genera. Como salida de espacios oníricos se desprende del pasado y de cualquier constricción o corsé moral y de la corrección política. Carecer de agenda política no es necesariamente un síntoma apolítico.

De entre el amplio repertorio de acción social se elige de manera voluntaria la violencia política como método de autodefensa, pero también como acción política directa entendiendo que el resto de medios de la política tradicional están agotados. Frente al principio de representatividad y delegación política, los jóvenes actúan sin mediaciones; frente a la lógica jurásica e inmóvil de los partidos políticos, eligen la violencia colectiva como forma de acción directa que jamás podrá ser recuperada. De ahí surge la necesidad de masificar la resistencia y crear nuevas formas de protesta que superen a sus métodos. Cabría preguntarse hasta qué punto esta rebeldía ha reaccionado con un salto adelante hacia el activismo, es decir, hacia el enfrentamiento inmediato con el sistema y su lógica del valor (de las mercancías, de las personas) sin preocuparse de las contradicciones que oscurecen e impiden la reformulación de la cuestión social. O dicho de otra forma, en qué medida encarna un espíritu de revuelta sin revolución. En efecto, hay una primacía de la acción práctica sobre la reflexión, un cierto nihilismo y fetichismo de la acción, y en ocasiones una mistificación de la violencia y la contraviolencia que lleva a confundir con frecuencia dominación con represión, así como a mostrar los límites de la autoorganización que nunca van más allá de la lógica de la acción puntual. Pero no por ello esta elección carece de un perfil político. Los rebeldes constituyen además una minoría, con su intervención tampoco pretenden dejar de serlo; aspiran a generar una contradicción que permita la superación de lo que les ha tocado vivir. Por eso la acción se torna en reto, en desafío: «Queremos demostrar a la policía de lo que somos capaces» explicaban a la BBC dos adolescentes encapuchados el 9 de agosto.

Algunos analistas bien intencionados de la izquierda argumentan que la acción directa violenta puede provocar un aumento de la represión generalizada a los movimientos sociales, cuando lo que realmente desata la represión es la agudización del conflicto, resultado de la lucha organizada que cuestiona las bases de lo existente, es decir, que cuestiona la capacidad de los gobiernos y las clases dominantes de decidir cómo organizar la existencia. Cuestionar la violencia política subversiva por los efectos represivos que genera supone aceptar que la represión es una medida legítima del Estado y que se produce en contestación a determinadas acciones criminales. En realidad el incremento de la represión se aplica en los momentos de debilidad manifiesta en que el Estado se ve desbordado por la utilización de un determinado tipo de acción o acciones, y el techo de cristal del sistema económico y político es identificado e incluso superado.

Ocurre no obstante que el tema de la violencia como acción política sigue siendo una cuestión tabú para cualquier mente bienpensante en casi todo el espectro político. Frente a una violencia estructural y estructurante de lo real, legítimamente monopolizada y por ello invisibilizada de modo que tan sólo reaparece en momentos espectaculares asociada al aparato represor policial, militar y jurídico; la actuación política de las revueltas se nos hace ver como una violencia heterogénea, artesanal, dispersa, caótica, errática y premoderna, asociada a todas las formas concebibles y hasta inconcebibles de alteridad. De hecho, como indica Manuel Delgado (El monopolio de la violencia), esa última es la violencia por antonomasia, la que parece interesar de manera exclusiva a los sistemas mediáticos, ávidos por proveer al gran público de imágenes estremecedoras de las consecuencias de la desviación, la anormalidad y la locura, el gregarismo patológico de las bandas y la ingobernabilidad del gueto. Los violentos son siempre los otros, quizá porque uno de los rasgos que permiten identificar a los “otros” es la manera como éstos cuestionan el principio político irrenunciable del monopolio en la generación y distribución del dolor y la destrucción.

De entre el amplio repertorio de acción social se elige de manera voluntaria la violencia política como método de autodefensa, pero también como acción política directa entendiendo que el resto de medios de la política tradicional están agotados.

Y es que analizando a las bandas y la criminalidad, la mayor que se constata en el Reino Unido, en cuanto a su extensión y capacidad de daño, es la policía. En este sentido algunos datos pueden ser reveladores: desde 1998 han muerto 333 personas bajo custodia policial; de todas las investigaciones internas incoadas por las autoridades policiales, ni un sólo agente fue castigado pese a que en al menos trece casos se recomendó el procesamiento basándose en pruebas determinantes sobre su negligencia. Además, en una sentencia judicial de tres años atrás se reconocía que Scotland Yard sufría de “racismo institucional”—lo curioso es que nunca se le ha calificado de otro adjetivo obvio: de clasismo.

En efecto, la impasibilidad social ante estos hechos solo puede entenderse en el marco de una sociedad tan clasista como la británica. La superioridad interiorizada por las clases dirigentes británicas no es exhibicionista y declamatoria, como quizá la de las clases dirigentes francesas, sino innata y naturalizada; frente a la glotonería legal francesa, su necesidad de regular hasta el último detalle le grandeur de la nación y su apelación a las turbas como no integradas y por tanto incapaces de contribuir a ese proyecto nacional, el modelo clasista británico se caracteriza por la falta de fe en el poder de la ley para reformar la realidad a la vez que por el convencimiento de que son los usos y costumbres —la práctica social— quienes van a reproducir y legitimar el statu quo.

Capitalismo salvaje y ciudadanía · · · · ·

Y más allá de Reino Unido, como indica David Harvey,(7) la cuestión central del problema es que vivimos en una sociedad en la que el capitalismo se ha vuelto desenfrenadamente salvaje: corrupción de los políticos, saqueo financiero del erario público; guerras regionales por la posesión de materias primas; ruleta rusa de las hipotecas subprime y los bonos basura en las más altas esferas del mundo empresarial y político… Una economía política de desposesión de las masas y de prácticas predatorias que llegan al robo a la luz del día, sobre todo de los pobres y los vulnerables, los menos refinados y los que no gozan de protección legal, se ha convertido en el orden del día. Un capitalismo que es cada vez menos capaz de distribuir la riqueza generada porque ya no le es preciso el bienestar de gran parte de la población para su reproducción. Un sistema económico que en su versión más financiarizada8 no puede subsistir ni tiene capacidad de reproducirse a sí mismo más que fagocitando las fuentes reales de la producción de riqueza y utilizando cada vez recursos del futuro. En suma, que la violencia forma parte natural del proceso de perpetuación del sistema capitalista, escribe Harvey, ya que “no sólo es permanente al ser ejecutada fuera de razón y justicia contra la población a través de la explotación e inseguridad laboral, la falta de vivienda o la privatización de los servicios sociales”.

En el caso de Reino Unido, quizá la sociedad más clasista de Europa y la que en gran medida inaugura en su plena madurez el sistema capitalista, la defensa de los usos y costumbres británicas como pegamento social es en realidad una apuesta por la superioridad cultural que en los disturbios de agosto cristalizó en los denominados Vigilantes; “Hacemos el trabajo que la policía no puede hacer”, decía un portavoz de estos grupos al diario The Guardian. El rotativo los presentaba como un ejemplo de ciudadanía, esto es de participación política voluntariamente sumisa y por ello sin forma cristalizada ni ideología identificable debido a su permanente adaptación a las variables directrices del poder gubernamental; se activa o desactiva según criterios heterónomos. En este caso, el efecto logrado incide en la generación de una inmensa ansiedad pública satisfecha en parte a través de la participación delatora de la ciudadanía “responsable” y a fomentar una demanda popular de más protección policial y jurídica. Al día siguiente de la publicación de la entrevista unos doscientos Vigilantes patrullaban las calles de Enfield, mientras que un grupo más reducido lo hacía en Hackney y también en Tottenham. En los tres barrios, al coro de England, England, our pride,(9) se registraron cientos de agresiones a paquistaníes, asiáticos, negros y latinoamericanos. La prensa británica no publicó ninguno de estos acontecimientos, que fueron narrados por un corresponsal en Londres de la prensa neozelandesa. Aquellas agresiones coincidían además con el llamamiento de la organización ultraderechista English Defence League a la “defensa de nuestras ciudades”. Mientras tanto la prensa escrita del Reino Unido se afanaba en atribuir la muerte de tres miembros de la comunidad islámica a un conflicto interétnico que enfrentaría a afrocaribeños y asiáticos. Solo tras el enfrentamiento en Elthan el 11 de agosto entre Vigilantes y Policía Metropolitana algunos medios comenzaron a barajar la posibilidad de que en esas tres muertes tuvieran algo que ver los grupos ultraderechistas.

Frente a una violencia estructural y estructurante de lo real, legítimamente monopolizada y por ello invisibilizada de modo que tan sólo reaparece en momentos espectaculares asociada al aparato represor policial, militar y jurídico; la actuación política de las revueltas se nos hace ver como una violencia heterogénea, artesanal, dispersa, caótica, errática y premoderna, asociada a todas las formas concebibles y hasta inconcebibles de alteridad.

El 16 de agosto moría un joven en Cumbria, al noroeste de Inglaterra, uno más que añadir a la lista de fallecidos por la acción policial, horas después de que durante su detención la policía le aplicara tres descargas eléctricas con un táser no reglamentario. El silencio inundó la ciudad mientras el canibalismo urbano (el cuerpo social devorándose a sí mismo) tejía su tela de araña. Los jóvenes salvajes, a su vez, activaban el caos porque “simplemente, se imaginaban un nuevo par de zapatillas”.

Londres/Madrid, septiembre de 2011

MD/ME

Notas · · · · ·

1 . “Ladrones del mundo, uníos” publicado en London Review of Books.

2. Véase la crítica de Hamid Dabashi “Zizek and Gaddafi: Living in the old world” cuestionando su sesgada y desinformada concepción de las recientes transformaciones revolucionarias en el mundo árabe [agradecemos a Mario Espinoza que nos haya hecho caer en esta apreciación].

3. Desposesión y expulsión de las clases dominadas del centro urbano a través de una política de especulación a la que le sigue un urbanismo de simulacro. Véase por ejemplo Manuel Delgado El espacio público como ideología (2011).

4. Véase al respecto las obras de Loïc Wacquant Las cárceles de la miseria (2000) y Castigar a los pobres (2003), en las que establece una correlación pertinente entre las políticas económicas y sociales de matriz neoliberal que generan excluidos, precarios y desesperanzados y las tensiones que se manifiestan en el espacio público.

5. Datos de abril del 2011 de la población reclusa en Reino Unido (Inglaterra, Gales, Escocia e Irlanda del Norte) extraídos de justice.gov.uk. No obstante, la tasa de encarcelamiento, siendo de las más altas de Europa junto con el Reino de España, sigue estando muy por debajo de la estadounidense. Quizá, como antes indicábamos, el empeño del primer ministro David Cameron en importar el modelo de criminalización de la pobreza y la disidencia logrará hacer converger estas cifras.

6. Nótese el cinismo del verbo elegido para conjugar a los “jóvenes salvajes” y las zapatillas: imaginar. El alcalde da por sentado que no pueden aspirar a comprarlas.

7. Inglaterra: el capitalismo salvaje asola las calles, artículo publicado en Counter Pounch.

8 La de Reino Unido es la segunda economía más financiarizada de Europa tras Suiza, esto es, con mayor peso de las finanzas respecto a la economía real y sus consecuencias como la búsqueda de interés a corto plazo. Hace poco el primer puesto del dudoso ranking lo ocupaba Islandia, hasta la crisis de 2008.

9 . Inglaterra, Inglaterra, nuestro orgullo.

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