El default como contrapoder a la especulación financiera

ANDREA FUMAGALLI

En la mayoría de los comentarios de la prensa y en las declaraciones, ya de los hombres políticos, ya de los llamados expertos, un espectro (o más bien una pesadilla) se pasea por Europa. No es el fantasma del comunismo, sino más bien la pesadilla de los mercados financieros. Todos están esperando su respuesta, como forma de Oráculo moderno, capaz de influir y condicionar la vida de millones de personas, de hacer caer gobiernos, imponer elecciones anticipadas o la firma de documentos y pactos sociales, de otra manera poco creíbles, entre signatarios igualmente poco verosímiles.

El biopoder de los mercados financieros ha aumentado considerablemente con la financiarización de la economía. Si el producto interno bruto del mundo en 2010 fue de 74 billones de dólares, las finanzas lo sobrepasan: el mercado de obligaciones del mundo alcanzó los 95 billones de dólares; las bolsas de valores de todo el mundo 50 billones de dólares; los derivados, 466 billones de dólares. Todos juntos (el neto de la actividad del mercado de moneda y crédito), estos mercados mueven una cantidad de riqueza ocho veces mayor que el producido en términos reales: industria, agricultura, servicios. Este proceso, más allá de desplazar el centro de la valorización y de la acumulación capitalista de la producción material a la producción inmaterial y de la explotación del trabajo manual al trabajo cognitivo, ha dado lugar a una nueva “acumulación originaria”, que, como toda acumulación originaria, se caracteriza por un alto grado de concentración.

En lo que respecta al sector bancario, en 1984 los diez principales bancos del mundo controlaban el 26% del total de la actividad; 64 bancos controlaban el 50%, mientras que el restante 50% se distribuía entre 11837 bancos de menores dimensiones. Los datos de la Reserva Federal nos dicen que desde 1980 hasta 2005 se produjeron aproximadamente 11.500 fusiones, a un promedio de 440 fusiones por año, lo que ha reducido el número de bancos a menos de 7.500. En el primer trimestre de 2011, cinco SIM (Sociedades de Intermediación Inmobiliaria: J.P. Morgan, Bank of America, Citibank, Goldman Sachs, Hsbc Usa) y cinco bancos (Deutsche Bank, UBS, Credit Suisse, Merrill Lynch- Citycorp y Bnp-Parisbas) alcanzaron el control de más del 90% de los instrumentos derivados totales: Swaps sobre tipos de cambio, el ODC (Obligaciones de deuda colateral, Colateral Debt Obligations) y CD S (Colateral Default Swaps) Fuente: http://www.occ.treas.gov/topics/capital-markets/financial-markets/trading/derivatives/dq111.pdf.

En el mercado accionario, las estrategias de fusiones y adquisiciones han reducido sustancialmente el número de las compañías que cotizan. En 1984, las primeras diez empresas con mayor capitalización en bolsa, correspondientes al 0,12% de las empresas registradas que alcanzaban a 7,800, detentaban el 41% del valor total, el 47% de los ingresos totales y el 55% de las ganancias registradas. En 2011, estos porcentajes han permanecido prácticamente sin cambios, con la salvedad de que tres de ellas (Merrill Lynch, Lehman Brothers y Goldman Sachs) se fusionaron a principios de 2008, convirtiéndose en empresas bancarias (como por ejemplo, la adquisición de Merrill Lynch por el CityCorp) o, como en el caso de Lehman Brothers ( y Bear Starney) que fracasaron, favoreciendo así un ulterior proceso de concentración (fuente: Reserva Federal).

En este proceso de concentración, el papel principal está en manos de los inversores institucionales (un término con el que se indican a todos aquellos operadores financieros: desde las SIM, hasta la banca y las aseguradoras – que gestionan por cuenta de terceros las inversiones financieras; son hoy las que en los años 30’s Keynes llamaba “los especuladores de profesión”). En 1984, con relación al mercado americano, el valor de los títulos de los intermediarios era de aproximadamente 2,6 billones de dólares. A finales de 2007, según datos de la Reserva Federal, los inversores institucionales manejaban acciones por un valor nominal igual a 39 billones de dólares, un 68,4% del total. Es importante señalar que esta cantidad aumentó en el último año, debido principalmente a la difusión de los títulos de la deuda soberana. Así por ejemplo, en cuanto a la deuda pública italiana, cerca del 87% está en manos de inversores institucionales, más del 60% en el extranjero (a diferencia de lo que ocurre en Japón).

De estos datos, podemos inferir que los mercados financieros no son algo etéreo y neutral, sino que expresan una clara jerarquía: lejos de ser competitivos (creencia aparentemente confirmada por la elevada flexibilidad de los “precios”, flexibilidad, que es a su vez la base de las ganancias de capital), se verifican cómo fuertemente concentrados y oligopólicos: una pirámide, donde, en el vértice, algunos operadores financieros pueden controlar más del 70% de los flujos financieros globales y en la base, una miríada de pequeños ahorristas cumplen una función puramente pasiva. Esta estructura de mercado permite que pocas empresas (en particular diez entre las SIM y los bancos mencionados anteriormente) sean capaces de direccionar y condicionar la dinámica del mercado. Las empresas calificadoras (a menudo en connivencia con las mismas compañías financieras) también ratifican, de modo instrumental, las decisiones oligárquicas que se toman.

Después de la crisis de las subprime de 2008-09, a partir de 2010, la especulación financiera se ha dirigido contra las políticas del welfare (del bienestar social) Su carácter de biopoder se ha acentuado aún más, buscando impactar sobre las formas de vida. Todo esto ya no puede asombrar, ya que es precisamente la producción de los servicios sociales e inmateriales (salud y médico-farmacéutico, educación, investigación, explotación de recursos naturales, comunicación y lenguas, biogenética) el principal centro de la producción de plusvalía.

Lo que está sucediendo en estas semanas es la confirmación más rotunda de lo que estamos afirmando. El mecanismo especulativo se desarrolla según los siguientes pasos, aunque hay variaciones sobre el tema, en función del tipo de la actividad financiera objeto de la actividad especulativa.

Fase 1: en situaciones de extrema inestabilidad e incertidumbre (entonces en situaciones financieras de normalidad), ciertos sectores ( referenciados en los títulos privados) o algunos como en el caso de los sistemas del welfare (como los referenciados en los títulos soberanos) pueden ser objetos de interés especulativo debido a la presencia de factores concomitantes que puede aumentar la volatilidad. Esta volatilidad puede ser a la alza (como, por ejemplo, fue el caso de los títulos derivados del petróleo, durante el verano-otoño 2010, o durante el período de nacimiento y desarrollo de la convención financiera que diera origen a la burbuja especulativa) o a la baja, como en la situación de estos días.

Andrea Fumagali

Fase 2. La intervención de las agencias de calificación, que producen la descalificación o el upgrading de los parámetros ficticios de la evaluación del riesgo, tiene como objetivo certificar oficialmente una situación de pánico o de euforia. En el caso de los títulos soberanos (welfare), se trata siempre de situaciones de emergencia. Es difícil identificar el nexo efectivo de causa y efecto entre la descalificación del título soberano y el inicio de la pérdida de su valor. El punto más seriamente denunciado de palabra, aunque sin embargo nunca seriamente abordado en la agenda de los llamados “reformadores” del mercado financiero (por ejemplo, el Foro de Estabilidad Financiera, dirigido por neo-gobernador del BCE Mario Draghi), es la alta connivencia entre las agencias de calificación y los grandes inversores institucionales, que a menudo superponen sus cargos en las juntas administradoras, cuando no en participaciones cruzadas. En este sentido, la reciente descalificación de los bonos de Estados Unidos puede representar una prueba de fuego. Sin embargo, una vez inducida la fase de emergencia, se inicia la disminución del valor del título. Los primeros que venden son los principales inversores institucionales. Por ejemplo, en los primeros seis meses de 2011, el Deutsche Bank (entre las 10 más grandes potencias financieras mundiales) redujo el 88 % de su exposición en bonos del Estado italiano, reduciendo su portfolio de títulos de 8 mil millones que disponía a fin del 2010, a 997 millones de euros hoy en día (fuente: Financial Times), dando así inicio al aumento del spread entre los bonos italianos y los bonos alemanes a 10 años. Esta política de ventas había afectado anteriormente a Grecia y otros países europeos, con reducciones de su exposición en bonos de Portugal, Italia, Irlanda, España y Grecia de cerca del 70%. Cabe señalar que esas ventas se producen en tramos, con anterioridad al colapso real que luego se manifiesta sobre estos valores. De hecho, una masiva afluencia de ventas inmediatamente se traduce en una caída de los precios de los bonos y por lo tanto en un aumento del “rendimiento” que deben garantizar para refinanciar la deuda nacional. De ello se desprende la ampliación de las tijeras (spread) de los tipos de interés con títulos soberanos similares, considerados más seguros y menos volátiles (normalmente bonos alemanes, estadounidenses y japoneses, que a pesar de tener una relación de deuda/PIB de más del 200% tienen una colocación de títulos del Gobierno de más del 80% en manos nacionales).

Paso 3: destapada la emergencia hay que ponerse a cubierto. En este caso, los Estados miembros se ven impelidos a tomar medidas para controlar la deuda pública y por lo tanto a reducir el welfare, más o menos en nombre del diktat del pensamiento neo y social liberal, dependiendo del color de los gobiernos. Eso se traduce, como sabemos y ya hemos analizado, en una reducción de la intervención del Gobierno y en el desmantelamiento del welfare social. Pero no solamente. El Banco Central Europeo se ha visto forzado, más allá de las disputas nacionalistas entre Francia y Alemania, a intervenir para emitir moneda ex nihilo para permitir el pago de las cuotas de interés. En el caso de Italia y España, el juego, a decir verdad, se facilita ya que siendo los dos países “demasiado grandes para caerse”, el riesgo del default está totalmente descartado a pesar de que la prensa siga pensando en una situación de emergencia y los mercados financieros sigan especulando. Se trata, mutatis mutandis, del mismo riesgo similar involucrado en los Estados Unidos. En las últimas semanas funcionó la emergencia para Italia y España, para los EEUU, habiéndose evitado el riesgo del default técnico, la presión especulativa emergencial sólo ahora parece estar empezando ahora con el downgrade de Standard & Poor ‘s. Una confirmación más de cómo los mercados son mucho más fácilmente maniobrables de lo que se puede imaginar y de cómo son mucho más poderosos que cualquier Estado nación.

Fase 4. Una vez que la situación ha llegado al punto adecuado, siempre por decisión de aquellos inversores institucionales que condicionan los mercados financieros, y se considera que los bonos soberanos han alcanzado una justa rebaja; y una vez que se han adoptado las medidas de política económica adecuadas en beneficio de los mercados financieros, cesa como por encanto la emergencia. Las compras recomienzan, la bolsa se vuelve a levantar y los inversores institucionales comienzan a acaparar los bonos soberanos a valores mínimos. En términos de pocos días maduran ganancias respetables. Se calcula que tras el primer ataque especulativo, a mediados de julio, contra los títulos italianos, griegos y españoles, con caídas en los principales centros financieros de más de 7 a 8%, luego del plan europeo de intervención extraordinaria de más de 110 millones en apoyo de Grecia, la recuperación fue tal, que llevó los índices de las acciones a los valores anteriores, con ganancias que alcanzaron niveles records en pocos días, permitiendo que Goldman Sachs disfrutara de mayor liquidez que la propia Reserva Federal estadounidense.

Cuando se especula a la baja, el momento típico es aquel en el que se produce la inversión de los índices bursátiles. Este momento depende de muchos factores: en primer lugar, del grado de connivencia entre las sociedades hegemónicas financieras y, en segundo lugar, de las medidas tomadas por las autoridades monetarias (BCE) y los gobiernos nacionales más sometidos a presiones especulativas. El reciente caso de los EEUU y de Europa es de manual. El riesgo del default “técnico” en los Estados Unidos ha desviado temporalmente la atención sobre la presión especulativa en los países europeos con una mayor deuda pública. Sin embargo, ninguno de los grandes especuladores nunca ha creído en la posibilidad de un default americano. Sin embargo, este riesgo ha alcanzado los resultados esperados, imponiendo restricciones en la gestión del presupuesto público estadounidense referidos al gasto social y promovido el aumento de la liquidez monetaria para sostener a los mercados financieros. No muy distinta es la situación en Europa. Los diversos gobiernos europeos, sometidos a presiones especulativas, han adoptado todos políticas fiscales que proyectan “sangre, sudor y lágrimas”. Algunos, como España, han recurrido a elecciones anticipadas, con el objeto de desviar la presión especulativa, ante la perspectiva de una victoria electoral de las fuerzas más a tono con el discurso neoliberal. Otros, como Italia, han impulsado medidas restrictivas de largo alcance, con efectos no inmediatos, sino hasta el bienio 2013-14 (se trata de maniobras financieras que alcanzan a los 80 mil millones, de los cuales más 70% se concentran en el bienio, 20134-14, cuando haya finalizado la actual legislatura). Luego de la intervención en apoyo a Grecia y de la decisión del BCE de adquirir en el mercado secundario de los títulos de los Estados, preferentemente bonos españoles y portugueses, no puede sorprender que el objetivo más lucrativo de la presión especulativa, independientemente de la situación económica (que, sin embargo no es de las mejores, especialmente en términos de capacidad de inversión y distribución de ingresos) haya devenido Italia. Las expectativas especulativas se han concentrado así en una nueva intervención del BCE, capaz de inyectar nueva liquidez con el fin de dar nueva vida a los mercados financieros permitiendo una redefinición de los tiempos fiscales. Y estas medidas no se han hecho esperar.

Hasta el momento ( 8 de agosto de 2011) el BCE no ha tomado aún medidas para una intervención extraordinaria en España e Italia, así como lo hizo en varias oportunidades en Grecia, Irlanda y Portugal. Se ha limitado sólo a comprar un mayor número de títulos italianos. El Gobierno italiano, tras una reencontrada concertación social (quizás más peligrosa que la propia especulación financiera) fue llevado a aceptar de urgencia los dictados de los mercados financieros: avanzar en una año el grueso de la maniobra financiera prevista para alcanzar un presupuesto equilibrado ya no en el 2014, sino en el 2013; inclusión en la Constitución sobre la obligación de tener un presupuesto del Gobierno en equilibrio, así como del art. 105 del Tratado de Maastricht inserto a nivel europeo, sobre la restricción de una tasa de inflación no superior al 2%; además del desmantelamiento y posterior privatización del welfare. Estas medidas irán acompañadas de un ulterior proceso de liberalización y precarización del mercado de trabajo, exigiendo mayores sacrificios a los actores sociales, en nombre de la emergencia nacional.

Como ya hemos dicho en otra ocasión (http://uninomade.org/la-farsa-dellemergenza-economica-parte-ii/), el logro de estos objetivos es prácticamente imposible; lo era ya en un período de tiempo mayor, mucho más aún en un período más corto y con una carga mayor de los intereses que aumentó en el último mes alrededor de 2,8 millones de euros debido a la aumento de los tipos de interés de estas semanas (cfr. Francesco Daveri: http://www.lavoce.info/articoli/pagina1002486.html).

Los grandes inversores institucionales saben esto perfectamente. No están interesados en alcanzar un presupuesto equilibrado sea para Italia o para los otros países europeos. En primer lugar, lo que les importa es que siempre quede abierto el espacio para la especulación financiera hacia la baja y en segundo lugar que la nueva liquidez pueda ser constante y sistemáticamente inyectada en los mercados financieros, a fin de incrementar la solvencia de las transacciones. Finalmente, en tercer lugar, quieren que se garantice el pago de las cuotas de interés.

La actividad especulativa se encuentra, por lo tanto, siempre en acción. Si provisionalmente no interviene en Europa, siempre puede intervenir en el mercado accionario, o en el de los productos derivados de las materia primas, o sobre los títulos del Estado americano (como parece ser ahora evidente, habida cuenta de la descalificación de la deuda de los Estados Unidos por Stándards & Poors en estos días) o viceversa.

Es un mecanismo que no tiene nada de parasitario, de hecho. Dado que ya no están en vigencia los acuerdos de Bretton Woods, los mercados financieros establecen de manera independiente y supranacional el valor moneda, basado en las jerarquías y las expectativas que los especuladores institucionales establecen de vuelta en vuelta. La omnipresencia de los mercados financieros en la vida económica y social de los habitantes de la tierra (de los agricultores del hemisferio sur, a los trabajadores y a los precarios del este y del oeste, de los estudiantes a los inmigrantes) es tal, que el acceso a porciones (cada vez más decrecientes) de la riqueza, se encuentre condicionado, tanto directa como indirectamente, por los efectos distributivos y distorsivos que generan los mismos mercados financieros. Aquí está el propio biopoder y la propia governance. Cada euro de ganancia de capital generado prácticamente en las actividades especulativas tiene efectos reales sobre casi el 30 % de la economía (según datos de la Bri), poniendo en marcha un multiplicador financiero que afecta directamente a la capacidad de inversión y de distribución de los ingresos que constituyen la base del actual proceso de acumulación. De hecho, ese 30% es creación neta de moneda, fuera de cualquier forma de señoreaje estatal existente hoy en día. La producción de moneda por moneda implica una nueva ley de valor y de la explotación (véase http://www.ephemeraweb.org/journal/10-3/10-3index.htm) y es gracias a este poder que los mercados financieros son hoy el centro de la valorización.

En este contexto, es necesario operar para limitar el campo de acción de los mercados financieros: no a través de la ilusión de la reforma, sino mediante la constitución de un contra poder capaz de erosionar su eficacia. Es necesario romper el circuito de la especulación financiera (especialmente cuando se manifiesta hacia abajo) buscando golpear la fuente de sus ganancias, es decir, cuando favorecen la depreciación total de títulos que de vez en cuando se encuentran en el centro de actividad especulativa. Este objetivo puede lograrse sólo mediante una herramienta: el no pago de los intereses (o su retraso en el tiempo) y la declaración del default (bancarrota). De este modo, el instrumento será menos especulativos: los títulos de la deuda soberana serían así, papel pintado, bonos basura o junk bonds. Los inversores institucionales especulan sobre la probabilidad del default, pero son los primeros que no desean el default. Por supuesto, la especulación se movería hacia otros lugares, crearía nuevas situaciones de emergencia, pero al menos no tendría como mira el welfare, especialmente si se persiguiese una estrategia de default controlado acompañada a nivel europeo y en acuerdo con la Reserva Federal para una política común de gestión de la crisis, dirigida no sólo a crear un fondo de intervención para apoyar a países en dificultades sino, sobre todo, para emitir eurobonos que puedan reemplazar los títulos soberanos entrados en default a tasas de interés fijas y con intervención en el control de la libre circulación de los capitales.

De hecho, esta perspectiva ha sido probada ya parcialmente en Grecia. Precisamente, ante el riesgo de default, los bonos del estado griego se convirtieron en títulos basura, perdiendo más del 70% de su valor. Esa situación hizo necesaria (para evitar los efectos adversos sobre el Euro) la implementación de un plan extraordinario de intervención europea. Este plan, sin embargo, en lugar de ser financiado por la emisión de nuevos bonos garantizados por el BCE que pudieran reemplazar a los bonos los griegos, a una tasa de interés predeterminada, basado en la tasa Libor o del tipo oficial de descuento, se limitó a brindar la liquidez necesaria para que la banca crediticia pudiera de alguna manera compensar la súbita pérdida de la desvalorización de los títulos. De esta manera, se proporcionó nueva vida a la especulación financiera.

El derecho al default ya se está ejecutando. Es ésta la única respuesta política posible adecuada. Debemos tomar nota.

Trad: César Altamira

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=133972

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